No me cabe duda de que la televisión ha sido un fenómeno histórico. No soy quién para compararla con la imprenta o con la capacidad de hacer periódicos globales o locales. Pero era y, al parecer sigue y seguirá siendo, un fenómeno digno de tener en cuenta.
El problema es que, para que sirva, hay que verla y, a veces, luchar porque se vea.
En Tetuán, en los años 84 y por ahí, llegaba un canal de televisión nacional marroquí. Y otro español.
Para el marroquí no había demasiado problema, un aparato, una antena en el tejado y a ver qué es lo que nos ponían.
El de "la Primera Cadena" de TVE sí había problemas. Dependía de dónde estabas situado dentro de la ciudad. Si tu casa caía hacia el Este, la señal entraba desde el 'repetidor' de Lújar, al sur de Granada, y se solía ver bien. Si, por el contrario, estabas en la zona del "control", o más arriba, barrio Málaga o hacia el mercado de las legumbres o tirando hacia Semsa, o se veía mal o no se veía. El Jbel Dersa hacia de paraguas a las ondas y si podía, se las quitaba de en medio.
En una zona determinada se trataba de pasar el plano que definía la antena por encima de la zona que te pudiera hacer sombra y, así, era normalísimo, ver en las terrazas de las casas unos hierros altísimos para subir la antena todo lo posible. Unos cables o 'vientos' hacían que ese hierro aguantara a los tremendos vendavales que son normales en nuestra Tettauen.
Pero, había que poner esos hierros y, en su sitio, los vientos.
Esto lo hacía -supongo que entre otras personas- uno de mis alumnos. Ahora antiguos, pero actual amigo y con el que tuve el otro día el placer de hablar con él por Skype o algo así.
Un día subí con él a una de las terrazas donde estaba poniendo una antena. Le había preguntado cómo conseguía poner -y arreglar, cuando hacía falta- aquellos dispositivos de susto. Me dijo que esperara, que lo vería en persona.
Llegamos a la terraza y ví cómo disponía de los "alicates de presión" de tal forma que le hacían de peldaños en el tubo. Quitaba el de abajo y lo ponía más arriba a medida que iba subiendo. Me pareció un disparate y se lo hice saber.
Es verdad que lo hacía con una corrección y cuidado extremos, pero no cabía más que pensar que algún Miguel o Gabriel le protegieran en sus subidas y bajadas.
Discutíamos de la física de las ondas y me admiró que había deducido, por su cuenta, elementos de la forma de polarización de las ondas electromagnéticas, que le servían para orientar mejor las antenas. Es más, contribuyó junto con otros anteneros de Tetuán a poner las cuscuseras como 'espejo de ondas' en las antenas y que así estas tuvieran mayor eficiencia.
Recuerdo reírme con él con eso de las cuscuseras. Decíamos el chiste de aquella señora que se acercaba a alguna ferreteria y al pedir el famoso recipiente de aluminio para su olla, le dijeran, "si señora, quiere una cuscusera, pero ¿de la primera o de la segunda cadena?".
Porque, a todo esto, ya había empezado a recibirse la segunda cadena, TVE2, que constituyó otro reto. Las antenas no eran las mismas que la de la primera y había que hacer ajustes.
No había problema. Siempre estuvo este hombre pronto a poner antenas donde hiciera falta.
jueves, 7 de febrero de 2019
lunes, 4 de febrero de 2019
Cabo Negro
Visto desde la playa de Restinga, o desde la de Kabila, Cabo Negro parece una serpiente dibujada por el principito. El elefante estaría en su zona más alta, por debajo, claro y el resto del cuerpo se pierde en el M'diq.
Por lo menos es lo que siempre me pareció y, como nos gustaba mucho, empezamos a subir por uno de los carriles por los que se accede al monte.
Cuando salías de la zona de la vertiente norte, la que está sobre "el Rincón", se llega a un sitio extrañísimo. Unas construcciones de hormigón protegen una especie de cuevas con pasadizos oscurísimos a los que nunca nos atrevimos a entrar.
Uno de estos cobertizos parecía enteramente el cascarón de una tortuga, pero vacío. En otros, unas extrañas formas circulares recordaban lo que habían alojado. Un cañón de artillería de costa.
Preguntados los compañeros 'de siempre de allí', nos decían que era una zona extraña, que había habido cañones para proteger la costa de un eventual desembarco en la playa que nace piedras abajo y termina en Hasla. También, que Franco había engañado a Hitler y había puesto piezas de bronce en lugar de cañones modernos, en fin, toda una historia, pasada.
Pero, como tantas veces, lo mejor era el terreno humano. Fuimos un montón de veces a merendar y, en algunas ocasiones, bajábamos hasta el faro. Allí nos encontramos con una familia a su cuidado formado por una pareja con un montón de chiquillos.
Hacíamos lo que he contado en otra ocasión. Se empiezan a sacar vasos para refrescos y cruasanes -o trozos, dependía del número- y formamos un barullo entre chiquillos propios y ajenos.
Lo pasábamos bien. Pero en una ocasión tuvimos un incidente divertido. Nos despedimos de los padres y subimos al coche. Echamos a andar carril arriba, hacia las posiciones citadas en lo alto del monte y, al cabo de unos metros, al mirar por el retrovisor interior veo que detrás de mi hay caras no esperadas. Paro y miro a los asientos traseros.
He tenido aumento de plantilla. Varios de los chiquillos del farero están sentados detrás de mí y, además, noto que falta alguien.
En mitad del carril tengo al farero, riéndose, con mi hija en brazos, tan tranquila.
Por lo menos es lo que siempre me pareció y, como nos gustaba mucho, empezamos a subir por uno de los carriles por los que se accede al monte.
Cuando salías de la zona de la vertiente norte, la que está sobre "el Rincón", se llega a un sitio extrañísimo. Unas construcciones de hormigón protegen una especie de cuevas con pasadizos oscurísimos a los que nunca nos atrevimos a entrar.
| Mirando con atención se ven las plataformas circulares de las posiciones artilleras. La de la derecha, encima de la curva, está más clara que la otra. |
Uno de estos cobertizos parecía enteramente el cascarón de una tortuga, pero vacío. En otros, unas extrañas formas circulares recordaban lo que habían alojado. Un cañón de artillería de costa.
| La "tortuga" está justo a la izquierda de la casa. |
Pero, como tantas veces, lo mejor era el terreno humano. Fuimos un montón de veces a merendar y, en algunas ocasiones, bajábamos hasta el faro. Allí nos encontramos con una familia a su cuidado formado por una pareja con un montón de chiquillos.
| El Faro de Cabo Negro. |
Lo pasábamos bien. Pero en una ocasión tuvimos un incidente divertido. Nos despedimos de los padres y subimos al coche. Echamos a andar carril arriba, hacia las posiciones citadas en lo alto del monte y, al cabo de unos metros, al mirar por el retrovisor interior veo que detrás de mi hay caras no esperadas. Paro y miro a los asientos traseros.
He tenido aumento de plantilla. Varios de los chiquillos del farero están sentados detrás de mí y, además, noto que falta alguien.
En mitad del carril tengo al farero, riéndose, con mi hija en brazos, tan tranquila.
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