martes, 2 de febrero de 2021

La pediatra búlgara

 Otra historia, más difícil que la de la cucharilla.

Sorpresa tremenda.
Estoy en Ceuta. Había ido a asuntos del Banco, ver a gente conocida y, ya de noche, me encuentro en la frontera española a una señora, elegante, bien vestida, cincuenta tantos años y de aspecto ¿europeo?.
Se dirige a mi, que estoy con el cristal del coche bajado, pues hablo con un policía que era de mi pueblo y ella me pide, en francés, si tendré la amabilidad de llevarla a Tetuán.
Por supuesto, se sube en el asiento del copiloto y se pone encima una bolsa enorme. Trato de indicarla que la ponga en el asiento trasero -voy solo- y, muy correctamente, me dice que no hace falta.
Entramos en Tarajal, le pido el pasaporte, en donde lleva la hojita típica y, junto con el mío, lo llevo a la ventanilla.
Compruebo, con sorpresa, que es búlgara y, bueno, pues una circunstancia más.
Nos sellan y, a la salida, donde está la policia encargada de comprobar sellos y enseres nos paran.
La señora -siempre en francés correctísimo- les dice a los policías que es búlgara, que está de pediatra -o algo así- en el hospital Civil y que forma parte de la ayuda internacional.
Los policías quieren ver la bolsa que lleva encima, pero no les deja. Repite lo de su condición laboral y no hay quien la saque de ahí. ¡Ah!, además dice que no tiene nada que ver conmigo que sólo soy otro cooperante, pero que he accedido a llevarla a TEtuán.
20 minutos más de repetición de la función.
Al final, nos dicen que pasemos y, seguimos para casa.
Ya por el Negrón me dice que lleva un video en la bolsa. Que ella y su marido no salen de casa y que han decidido ir a por algo que les entretenga.
O sea, un montón de cosas sorprendentes porque, a partir de ahí, sale a colación esa ayuda de los países del Este que ni me imaginaba. Me dice cuántos son los médicos que están. Que son empleados de sus gobiernos en un plan de ayudas internacionales y....montones de cosas.
Pero, a partir de ahí, tuvimos pediatra en casa. Se encargó de cuidar a mis hijos como si fueran suyos. Venía a casa a tomar te, a charlar y a hacer amistad.
Hasta que un día, el marido me pidió que le comprara anticongelante y me extrañó.
Al día siguiente se corrió la voz por el Hospital Español -como "chisme" desde el Civil- que los extranjeros se habían ido sin decir cómo ni a dónde.
Al parecer les habían indicado que tenían que volver en pocas fechas a su tierra.
Muchos años, pero que muchos años después, en Sofia, en una de las reuniones del plan Socrates, estando en la puerta de un hospital me dieron ganas de entrar a preguntar.
Pero no sabía más que su nombre y especialidad. Nada más. Sin saber búlgaro ni leer el cirílico, me quedé enfadándome de otro de mis descuidos. Me hubiera sido especialmente agradable saludar a mi antigua amiga "tetuaní".



Una cucharilla para todo el mundo.

 Esta es una historia de un fallo estrepitoso.

Cuando llegamos a Tetuán, a nuestro "Juan de la Cierva", comprobamos con sorpresa que allí no había costumbre de tomarse un cafetito a media mañana. En el recreo.
Echamos un vistazo a la zona, bajamos hasta la aguada y miramos a izquierda y derecha. No había ninguno que estuviera a ritmo de ir andando. Es decir, había que coger el coche, subir corriendísimo hasta el Dallas o algún otro de la Plaza del Primo, tratar de aparcar -aunque fuera mal-, tomar el café y bajar a clase.
O sea, demasiado "estrés".
Pero, un día, tonto de mi, vi que justo enfrente a la puerta del hospital había un cafetín amplio y limpio.
Entré a preguntarle al encargado sobre si nos podía traer croissanes o algún tipo de pasteles. Dijo que si y convine con él ir al día siguiente a "por el café".
Empezamos a juntarnos una pandilla para hacerlo, Seis o siete profes para degustar el rato de ocio de media mañana.
Pero nos llamaba la atención el que nos ponían el café, ya azucarado -bien de "punto"- pero nunca nos pusieron ni cuchara ni ningun cubierto. Sí, servilletas, un plato con los pasteles y nada más.
Un día, uno de nosotros se acercó a pedir algo a la 'barra' del bar y comprobó que el señor del mismo, echaba azúcar a una taza con una cucharita, la limpiaba -chupándola- la volvía a meter en el azúcar, echaba en otra taza y, así, hasta acabar el conjunto de cafés.
Como es lógico me calle, -total, un día más, ¿qué importaba?- y, cuando íbamos para clase dije a los colegas que no deberíamos volver más....por cosas de higiene.
Ahí metí la pata hasta el hombro porque la solución elegante hubiera sido pasar por alguna tienda de menaje, comprar un buen montón de cucharitas y regalárselas al del bar.
Hubiéramos satisfecho las condiciones y hubiéramos seguido disfrutando de su buen café, agradable compañía y amplitud y limpieza del local.
O sea, que hasta en las mejores ocasiones, uno, se equivoca.