miércoles, 14 de octubre de 2020

Las canteras en Tetuán

Esto puede ser un poco raro pero es tan real como un buen montón de historias en las que tuve la suerte de participar.

A mis suegros, una vez que llegamos a Tetuán, les encantó todo lo que suponía la ciudad, los amigos, la Medina, el Barrio Málaga y cualquier sitio en el que, cada mañana, salían a pasear.

Pero mi suegro era especial. Un hombre autodidacta que estudió todo lo que se pudiera estudiar o preguntar y, así, nada más llegar, me empezó a preguntar sobre cómo -y de qué- vivía esta ciudad.

Él era "Industrial", es decir un hombre emprendedor que había patentado algunos dispositivos más que curiosos, empresario de comercio en telas y equipos de casa y, sobre todo, cantero.

Pues empezamos por ahí. Como a mi me gustaba coger el coche y había carriles en los alrededores, nos asomábamos a cualquier "roto" que hubiera en las montañas.

Por ejemplo, una de las primeras, estaba en la carretera de Xauen, aproximadamente a un kilómetro pasado el puente que está al lado de Tamuda.

Llegamos allí y entramos en el patio general de operaciones. Había un buen montón de gente dándole con unos martillos -no pequeños- de mano a las piedras. Al fondo, una pala cargadora y, detrás, más maquinaria de extracción y machaqueo de piedras.

Salió un señor mayor que, como siempre, suponíamos que hablaría español. Así era. Mi suegro se dirigió a él y le preguntó sobre el por qué estaban partiendo piedras a mano. El señor encargado casi no habló, pero señaló un montón de casitas pequeñas que había al otro lado de la carretera y dijo algo así como "dependen de esto". Nos callamos en un silencio respetuoso. Mi suegro no se atrevió a hacer las sugerencias que normalmente hacía a todo lo técnico, nos dimos un paseo. Hablamos de la fábrica de cemento y... nos fuimos a buscar otro lugar.



El segundo lugar fue en un paraje más abrupto. Estaba cerca de Torreta, conforme coges el carril, entonces medianamente asfaltado, para subir al Gorges. Por encima de las fuentes, ya separado de la población, salía un camino de tierra que, al volver a la derecha, ya en las angosturas del barranco, se accedía a otra cantera. 

Nos encontramos con un señor joven, hablaba estupendamente castellano. Era conocido de vista porque tenía un coche peculiar. Un Jeep americano, negro y azul oscuro, un poco peculiar. Éste sí estaba con ganas de charlar de inversiones en su explotación y tuve que dejarles solos mientras yo me paseaba por allí. Hablaron de molinos, de "vibros" (aparatos de clasificación de material machacado) y cosas parecidas. Volvimos unas cuantas veces y dejamos una amistad que prometía seguir.


Pero la tercera fue a lo grande. Estaban haciendo una obra grande en el litoral. Algo más abajo del Club Mediterranée. 

Cada vez que veníamos de Ceuta o de un paseo por el Negrón veíamos como un barco que, aún de lejos, se veía algo peculiar, hacía viajes desde el fondo del puerto del M'diq hasta esa zona. Hacia algo peculiar a unos cientos de metros de la costa, media vuelta y otra vez al puerto.

Pues eso, una tarde, el suegro y yo nos metimos hasta el fondo del puerto. A una cantera que aún sigue abierta en la montaña. 

Nos encontramos con una oficina técnica, unos camiones que me eran conocidos, de fabricación de algún pais del Pacto de Varsovia y unas excavadoras en el pie de la montaña.

Nos bajamos del coche y vemos cómo se efectúan las operaciones. Las excavadoras cargan los camiones y estos salen por un camino de escollera hasta el puerto, donde en una especie de muelle hay un barco atracado.

Un señor viene a atendernos. Habla un español pausado, con mucho acento pero perfectamente entendible. A los diez minutos era como si nos hubiéramos conocido de toda la vida. Hablamos de la cantidad enorme de hierro que tenían los camiones en toda su estructura, de lo pesada y fuerte que parecía la excavadora, de qué piedras escogían y todo en un agradable entendimiento.




Nos llevó a ver el barco. Dijo "es un Bivalvo" y no lo entendimos hasta que no estuvimos cerca de él. Rarísimo. Estaba construido como si fueran dos "medios" barcos unidos por la cubierta. Dos motores situados en el exterior y encima de cada uno de los medios barcos. Sus ejes, acododados, llegaban a unas hélices que no veíamos. Encima de la cubierta unos gatos hidraúlicos situados de una forma estratégica permitían empujar unas palancas para ¡abrir el casco!. Y la caseta de control tenía una extrañísima articulación en un lado y ¡ruedas! en el otro...

 

No es el barco del que hablamos, pero es el más próximo que he encontrado.  

El otro era verde y más antiguo. Se ve perfectamente cómo el casco se abre por la mitad.


¡Ya conocíamos la razón de las idas y venidas!. El barco era cargado con escollera del monte de Cabo Negro, iba hacia la zona que interesaba y, al abrirse, dejaba caer un buen montón de piedras en el fondo del mar. Supusimos que, al llegar a aflorar en la superficie, se pondrían el hormigón necesario para hacer el muelle que al final resultó.

Pues esos y muchos paseos fueron los que constituyeron una adopción agradabilísima, lo que formó, en gran parte que Tetuán fuera Dar Diali.


martes, 8 de septiembre de 2020

Un poco de mujeres

 Pienso en que me gustaría ahondar en los recuerdos que tengo sobre cómo vi algunas relaciones humanas en mi convivencia con los tetuaníes, más bien con las tetuaníes.

Pero es complicado. A ver, Tuve suerte con la gente del pueblo con que tocó vivir. En otro sitio he contado mis relaciones entrañables con el portero de mi bloque de pisos, en "el control". Abdeslam, con quien hice amistad y aprendizaje -por mi parte- de cosas que ni esperaba.
Ahora bien, en lo que se refiere a las mujeres, no puedo sino decir que aún vivo asombrado, 34 años después.
Las madres de familia con quien me traté. Con el respetoy distancia que se puede suponer, me dieron ejemplo de mundos a la vez oscuros y luminosos. Por ejemplo, alguna de ellas, madre de un alumno, me contaba que había ido al registro y había encontrado con que la casa, que teóricamente era "de los dos", se la había puesto el marido a su nombre tan sólo y, claro, yendo para su casa se planteaba qué comportamiento podía -o debía- de tener con él. Y era una analítica de impresión. Sólo pude oirla porque no estaba yo a la altura de poder decir algo no que sirviera, sino simplemente de comprensión y comunicación.
Pero, por ir a lo divertido. Entrando en La Medina, desde la Plaza de España, en los joyeros que había a la derecha de la calle, vi a uno de ellos engarzando alguna joya. Se había salido a la puerta de la tienda para tener más luz del sol y lo hacía con un primor envidiable.
Como era algo 'chivani' supuse que hablaría español y pegué hebra con él. Estupendo. Me contó miles de historias de Tetuán, el Mellah, y alrededores y, entonces, entraron dos señoras para tratar de sus inversiones económicas.
Sacó un libro enorme que tenía que ser antiquísimo por cómo estaba la primera parte de sus hojas. Discutía con las señoras y, creo, hablaron de mí porque me miraban y se reían, pero el ambiente era cálido y esperé a que terminaran.
Acabado el trato -apuntar la aportación que le habían hecho- me contó el tema del oro en la mujer tetuaní. Me enseñó las anotaciones (tiene gracia, no había problema de privacidad porque estaba escrito en árabe, con claves, y con una letra pequeñísima). Pero me quedé asombrado. El ahorro en oro como libertad de las personas. No podía ni pensarlo.
Hablamos de los divorcios y de las separaciones, de cómo se acogían unas familias a otras en caso de necesidad, cómo, aunque no hubiera adopciones regulares sobre niños recien nacidos, era normal que se encontraran familias que los acogieran como propios (y los apuntaran, claro)... etc. etc.
Ahora, cada vez que abro estas páginas, donde un grupo de amigos cantamos loas a nuestros recuerdos, pienso que teníamos que sacar más aún. Hay muchísimo más....
No hay ninguna descripción de la foto disponible.

martes, 26 de mayo de 2020

Las plumas en la mejilla

Una historieta familiar Tetuaní. Para mi, tierna y agradable.
Nuestra primera casa en Tetuán fue un sexto piso en "la ciudad de los periodistas", en la Avenida Mohamed V, pero por debajo de la Avenida Mauritania. Teníamos en plena ventana una magnífica vista del Gorges y me tenía que controlar para no estar todo el día mirándolo o haciéndole fotos. Soberbio.
Mi hija tenía 8 ó 10 meses en esos momentos. La poníamos en el taca-taca, ese dispositivo para que los chiquillos den sus primeros pasos y, como no teníamos muchos muebles, todo el salón para ella sola, o casi. Por encima de su cabecita, el Gorges, debajo, mi pequeña maravilla.
Pero estábamos preocupados, hacia cosas raras. Se quedaba parada, con un dedo en el aire y lo movía muy despacio. No teníamos ni idea de por qué ni para qué....hasta que, a fuerza de observación descubrimos un extraño fenómeno.
Las moscas volaban despacio y ¡se hacía cosquillas en el dedo con las moscas!. Asombroso!. Bueno, pues ya teníamos tres espectáculos, el Gorges, mi niña y su dedo con las moscas.
Unos meses más tarde, cambio de casa, al edificio del control, en un sexto piso también, y ahí no había moscas y la vista era hacia el Dersa. Pues, en un piso más formal, pusimos cortinas y, por esas cosas que sólo pasan en Tetuán, un amigo de amigos de amigos, nos propuso que incluyéramos en el tul (o como se llame) de las cortinas unas plumas de cola de gallina, tintadas. Y las pusimos.
Aquello era original. Teníamos unas cortinas emplumadas -como los mexicanos con sus serpientes, según dicen- pero, nuevas sorpresas.
Las plumas empiezan a desaparecer. Poco a poco, hay menos plumas y estamos sorprendidos. Hasta que comprobamos que las desapariciones van en una franja de altura que coincide, justamente, con la que puede marcar mi hija, desde su taca-taca para arrancarlas.... y hacerse cosquillas.
Y, la última. La mejor. Sería después de Navidad o por ahí. La "enana" tiene ya año y poco, muy poco, pero anda bien.
Una tarde, en la Medina, atravesamos la Guersa, camino de Mcabar. La llevo cogida de la mano, andando muy tranquilamente y la chiquilla va mirando a todos lados, señalando sin parar a todo cuanto se mueve o está quieto.
En cuanto enfoco hacia Kharrazin, sin poder evitarlo la chiquilla se ha agachado, ¡ha cogido por el cuello un gatito pequeño y, sin vacilar, se lo ha llevado a la cara para hacerse cosquillas con sus bigotes!.
Se forma una pequeña revolución. Dos artesanos que están cada uno con su puestecillo, se han tirado materialmente a quitarle el gato. Yo, también me he agachado para evitar el posible desastre de un ojo fuera de su sitio. Nos encontramos los tres tirados en el suelo, con todas las manos encima del pobre gato que no tiene culpa de nada.
Reímos de buena gana. ¡Vaya aventura extraña!.

martes, 24 de marzo de 2020

Las piedras del cementerio

Una anécdota entrañable para mí.
Lamento que parezca que tiene que ver con el momento, pero creo que no, es, sólo un recuerdo de los muchos que guardo.
Un día de trabajo normal, llego a clase y en una de ellas, al pasar lista falta....¿qué se yo?¿Jalil, Mohamed, Abdelhuahab?, da igual, falta un alumno. Uno de sus compañeros se levanta y dice, "Rafa, ha muerto su padre y lógicamente, no va a venir a clase"...
Vale, digo alguna condolencia a sus compañeros e, inmediatamente, les digo que, cuando acabe la clase pediré a quien quiera que me oriente sobre qué hacer respecto al tema.
Así fue. Acaba la clase y a uno de los compañeros, que es allegado del citado le pregunto sobre si hay costumbre de ir al entierro y sobre qué limitaciones puedo tener si lo hago.
Se añaden dos compañeros más y me indican que, si quiero, puedo ir pero para hacerlo más fácil, que vaya a la hora que me indican y me incorpore a la comitiva a la altura de los carboneros o por ahí.
Así lo hago. Llego antes de que pase la comitiva y asisto por primera vez en mi vida a un entierro musulmán.
Pasan los portadores del cadáver, llevándolo en esa caja que recuerdo roja y verde y declamando suras relativas al tema (supongo).
Al cabo de un momento veo a alumnos que me indican que me incorpore con ellos. Así lo hago.
Vamos en silencio, por la zona de los carpinteros, Bab Mcabar y la comitiva sube por la gran puerta que hay a la izquierda.
Me quedo en la puerta y, de pronto, me doy cuenta de que estoy sólo, aunque hay un alumno cerca de mi.
Recibo una pedrada. Y me caen cerca un par de piedras más.
Miro hacia atrás y en la tapia de la derecha hay una señora muy mayor tirándome piedras.
Es lo que menos me esperaba. No sé qué hacer cuando de pronto, el alumno que estaba cerca de mi, se acerca a ella y le increpa fuertemente. Salen dos alumnos más y le acompañan. Alguno de ellos me traducen sus increpaciones que van en el sentido de que un cristiano no puede estar allí y cosas parecidas.
Se me ocurre decirle a uno de ellos que le diga que por qué no hablamos un rato.
Así lo hacen y la señora acepta. Nos vamos un poco más al fondo y me encuentro sentado en una tumba, con la señora a mi lado que no hace más que hablarme sin parar.
Los alumnos le explican que soy su profesor y que -creo que dijeron- que yo era buena gente y cosas así.
La señora no para de hablar y, resulta que está más que interesada en saber cómo son los entierros cristianos.
Pues allí estuvimos un buen rato. Conté todo lo que sabía sobre los cementerios cristianos, la forma de enterramientos, las costumbres familiares al respecto y al final, la señora estaba encantada con el rato que habíamos pasado.
Yo, también.

(publicado en Amigos a los que les gusta Tetuán, el 24 - 03 -2020)

domingo, 22 de marzo de 2020

los recorridos históricos

En Tetuán adquirí una magnífica costumbre que, hasta entonces, había depreciado. La lectura de novela histórica. Lo pasamos estupendamente. Quedábamos de acuerdo con otra pareja y sus niños, escogíamos un texto y, en cuanto teníamos un ratejo, nos íbamos al campo a ver los lugares que se relataban.
Así, buscamos la higuera de la carretera de Xaouen de nuestro amigo Arturo Barea. Habíamos hecho una acotación de hacia dónde podría estar, con la ventaja de que este señor daba bastantes aproximaciones y los relatos eran muy realistas.
Empezábamos en la bajada desde Zouk El Arbaa hacia la prellanura de Xauen. Allí, recuerdo una curva en la que había una fuente y era donde -a nuestro parecer- residía el relato de Barea.
Nos bajábamos, repartíamos merienda a los infantes y discutíamos si había -o ha había habido- una roca digna de merecer el explosivo del relato. Fuente e higuera sí las había.
Así, por unas letras u otras, nos adentrábamos en carriles sinuosos que solían acabar en kabilas donde hacíamos merendar a toda la patulea que se formara.
Pero un suceso que encuentro divertido es el de que se nos ocurrió investigar la adecuación del relato de Galdós, donde cuenta la campaña de O'Donnell, creo recordar.
Es decir, de Tetuán hacia el norte, hacia M'Diq y más arriba. Llegados a la desembocadura de Restinga, subimos monte arriba y, desde algún altozano tratábamos de ver cómo -según el libro- se había tardado una semana de marcha para llegar desde Ceuta hasta donde nos encontrábamos.
No nos salía. Buscábamos por el carril de los contrabandistas a ver si es que habían tirado por ahí. (Aún no estaba construido el embalse Asmir.
De nuevo a otro altozano, ¿podrían haber venido evitando los humedales?¿Haber entrado por el negrón hacia las montañas y alejarse de la costa?, no parecía razonable.
No encontrábamos una solución lógica y, al final, opinión: Galdós no vino por aquí y los que le inspiraron el relato habían exagerado el diario de la campaña.
Pero a nosotros nos había permitido tres fines de semana de exploración.
Lo que no es poco.
Foto aérea de 1984, quiten la autopista. No estaba.

Los burros tienen cinco patas

Mañana es sábado. Tal día como hoy de hace más de 30 años, estaríamos preparados para acostarnos y levantarnos algo temprano para ir al zoco.
Al mejor de todos los zocos del mundo. A Oued Laou.
Nos levantábamos, familia y manta y, alrededor de 30 ó 35 kilómetros si no recuerdo mal.
Una de las primeras veces, invierno del 84 hacia el 85, los
compañeros nos habían comentado el que echáramos un ojo a un aparcamiento de burros que había a su entrada. Se decía que cabían mil burros.
Pues, con las imágenes vívidas en mi mente, recuerdo cómo, enfrente de la "entrada principal" y el aparcamiento referido, había un cafetín.
Al pasar delante de él, alguien me hizo ademán d
Zoco de Oued Laou. Foto no reciente, pero sí moderna.
e que había sitio para aparcar y le hice caso. Nos bajamos y, no sé por qué, pero tampoco es que hicieran falta razones, nos sentamos en la terraza a tomar el magnífico té.
Mi hijo mayor, 6 ó 7 años, cruza la carretera y se asoma al parking búrrico.
Al cabo de un rato viene entusiasmado. A su alrededor cuatro o cinco chicos de su tamaño, que le acompañan en velocidad y entusiaso.
Dice en voz muy alta. Imagínense. "Papá, aquí los burros tienen todos cinco patas".
La carcajada del cafetín fue apoteósica.
Todavía hoy me estoy riendo.

miércoles, 1 de enero de 2020

Las luces apagadas

Estando hace unos meses en El Cairo al comienzo de la noche, vi algo pintoresco. Los coches no encendían ningún tipo de alumbrado aunque las calles no tuvieran el que les correspondía.
Me sonaba a algo conocido, claro, pero, por curiosidad pregunté a uno de nuestros amigos Cairotas. Se echó a reir y dijo que la versión que él conocía es que "no se encendían las luces para no molestar".
Aquella versión me gustó y traté de recordar cuál era la versión que se daba en mis recuerdos de Marruecos.
Pues, la verdad, no encontré nada. No se encendían las luces porque... no se encendían. A lo mejor es que al conductor no le hacía falta.
Pero algunas veces, esa 'no falta' era una falsa apreciación porque recordaba cómo en la rotonda en la que estuvo en principio la paloma, en el "control de Tánger", tuvimos que bajar de casa aprisa y corriendo porque un Renault-18, de color oscuro, se metió en la fuente
En otra ocasión, viniendo muy tarde, pero tarde de verdad, en una noche de luna nueva, por la carretera de Larache a Tetuán, vimos delante de nosotros una sombra. Grande y que marchaba despacio.
Tengo el recuerdo claro de que aquella carretera, en muchos de sus trozos, tenía una separación bastante oscura entre el asfalto y la tierra del arcén. Me fui acercando poco a poco a la sombra y con las luces lo más bajas posibles porque tenía claro que podía deslumbrarle aún desde atrás.
Era un camión. típico de los de entonces, "BMC" -o bien pudiera ser un Berliet- cubierto con una lona que, al llegar a sus proximidades, ¡encendió las luces de posición!.
Se lo agradecí porque me permitía adelantarlo con más seguridad.
Lo pasé y, en cuanto acabó el adelantamiento volvió a apagar sus luces.
Al día siguiente le pregunté a los amigos tetuaníes.
Me dijeron que muy probablemente estaría lleno de cacharros de cocina. Pero, ¿y por qué lo de las luces?.
Y ya, con un poco más de cuidado me hablaron de las diferentes tarifas que tenían los objetos en Marruecos según zona fiscal.
O sea, que andaba oculto, pero no era para no molestar....