lunes, 8 de junio de 2026

Em tina Hamka

 

Dije, creo que ayer, que iba a tocar el tema de la 'locura' en el quehacer diario de la sociedad musulmana de "mi" pueblo, Tetuán.
Y lo digo así para que, en principio, sea menos analítica porque antes que pensamientos cuento anécdotas vividas y vívidas que guardo en mi memoria profunda.
A ver, años 1984 a 1987. Vivimos en Tetuán, padres y dos hijos. La pequeña, la segunda, llegó con 9 o 10 meses y aún no andaba. Tan morena que parecía moruna y así fue asumida por nuestra colectividad.
En Tetuán se aprendía en cada uno de los minutos que vivieras, mejor en la calle y, mejor aún, en La Medina. Quizá porque las calles fueran pequeñas, los tenderetes pequeños y multitud de gentes de todo tipo y situación.
Algunos, muy señalados. En algunos casos, los más, chilaba de saco, raída, bastante más grande que la percha y su usuario no era raro que anduviera con sólo una babucha.
Estaban por muchos lugares, sentados o tumbados, a veces trataban de dirigirse a tí en dariya hosco y, poco que sabías y sonaba raro, pues nada, sin comunicación.
Uno de ellos, el más cercano "vivía" en la fuente que había en la puerta de casa. A ver, algo más grande, una rotonda de tamaño medio-grande y, en el redondel de en medio una estructura que tenía que ser una fuente. En uno de sus cuévanos, una sombra que parecía moverse hasta que se movió. Una persona, un hombre.
Pregunté al bakalito de enfrente de la puerta de casa. El que lo atendía lo explicó. Era un pobre loco o un loco pobre. Pregunté, también, qué hacer y dijo que podía entrar entre los vecinos que con una pequeña aportación daban cobertura alimenticia a ese señor. Así funcionaba y así era.
Pero pregunté más y me contaron mejor. En un principio, en la creencia y sabiduría popular se pensaba que los "locos" eran protegidos de Allah, y que había que cuidarlos. Que nadie pretendía saber por qué estaban así. Estaban. Y la obligación moral de la población era atenderlos. Funcionaba.
Mas instrucción fue el vivir el cambio de las 'colas'. Es decir, los babucheros, los que hacían bolsos, o cualquier artículo de piel habían funcionado siempre con colas artesanales. Las de siempre. Se pegaban a base de porrazos sabiamente distribuidos entre los bordes de la prenda y una especie de yunque de madera. Y....mal. Los pegamentos modernos, más eficaces, tremendamente más eficaces, se esnifaban y 'colocaban'. Algunos artesanos, más audaces, decían que destruían el cerebro.
El caso llegó a ser tremendo. Un día, en La Guersa, zoco 'grande' (era El Kebira, claro), un chico joven, de poco más de 20 años andaba por encima de todos los estantes de los expositores. Gritaba y, al parecer, como el destrozo era asumible no había las quejas que hubiera esperado. Lo recuerdo claramente porque se encaró conmigo en un par de ocasiones. Me gritaba cosas incomprensibles, pero no parecía que se fuera a liar a porrazos.
Era uno de los de cerebro destruido. Decían.

Seguí preguntando. Si los locos, protegidos de Dios y ayudados por la umah, ¿no había alguna atención más?.
Y sí, si la había. Lo vimos en nuestro loco. El de la fuente. Un día desapareció y el tendero del bakalito decía que se lo habían llevado... al sanatorio psiquiátrico -que, claro, existía. Al cabo de una semana o por ahí, apareció un señor debajo de la fuente. Bien peinado, chilaba igual de antigua, pero parecía menos vieja que la que tenía nuestro amigo. Y ¡era bien parecido!... Mirándolo, mientras él nos miraba a nosotros, descubrimos que era "el nuestro". Se lo habían llevado, atendido, lavado y, a su rutina habitual.
Así, y después de varios ejemplos más supe que los locos en esa comunidad eran atendidos por la gente. Se partía -o a sí lo entendí- que era voluntad de Dios que estuvieran así y que la atención estaba basada en su supervivencia, porque no oí hablar -en la calle, claro- de alternativas terapéuticas.
Se estaba hamka o hanmak -mal escrito, ya lo sé. y ambos términos eran existenciales. No dramáticos en general, salvo los de cerebro destruido en el que se veía una actuación de algo que ayudaba, los pegamentos modernos, con la destrucción incluida.
Hay mil y una anécdotas más. Claro.

lunes, 11 de mayo de 2026

El comercio como ley vital

 A saber, sábado por la mañana, más o menos las once, en el zoco de Oued Laou. 
 
Estoy allí con tres compañeros de trabajo a los que he cogido a las cuatro de la mañana en sus respectivas casas.
 
Coche y, veloz como el rayo, a Algeciras, Barco, Ceuta -alquiler de coche. Un "Fiesta viejísimo"- Tarajal y, Oued Laou. 
 
Además, los he llevado sin desayunar.
 
O sea, en el barecito de al lado del aparcamiento de los "mil burros", tomamos café y lo que caiga y... paseos.
 
Vamos y vemos por todos lados, están asombrados pero les falta algo de inspiración y se me ocurre comprar un trozo de chuparquía, con moscas incluidas.
 
Lo reparto y aumenta su asombro. La miel en los dedos, la boca pringosa, pero, qué duda cabe, están en el ajo de lo que vemos.
 
Lo que no contaba yo es que el paquete de dulce dulce era más grande que lo que podíamos comer. 
 
Me sobra y no sé que hacer con él. 
 
No iba a tirarlo. Por nada del mundo.
 
Me cruzo con una familia de la zona. Chilabas marrones y, al final del grupo, un stitou, de más o menos seis o siete años.
 
Le indico el trozo de pastel que tengo en la mano. Veo aprobación en los ojos y se lo doy.
 
Seguimos paseo. Nos quedaba ir hasta el final y así lo hacemos.
 
No me lo espero porque un tirón en la chaqueta hace que me vuelva.
 
El stitou, con una cara agradable tiene en las manos una moneda. Lástima que no recuerdo la cuantía.
 
Me la pone en la mano y, claro, ¡no podía aceptarla!, pero algo me hace mirar un poco más alto y, a unos metros, está el padre que hace signos de asentimiento. 
 
Claro, tengo que coger la moneda y decirle "chukran", ¿qué menos?¿no?.
 
Me quedé perplejo y los colegas, tanto como yo.
 
Habíamos visto una característica fundamental de la vida. Comercio. 

lunes, 16 de marzo de 2026

La enana que quita multas...

 

Luego trataré de buscar la foto del sitio...
Me refiero al final de una carreterita que llevaba desde el sur de Rabat hasta la autopista que la unía a Casablanca.
Era -estoy hablando del 84- la única autopista del país y tenía su encanto. Por ejemplo, vi unas escaleras -caseras- sobre la mediana para pasar andando cómodamente de un lado a otrro.
Pero lo que cuento es más tierno.
REsulta que comprobé con gusto que mi manía de 'tocar' a la gente con la que hablo me facilitaba las relaciones en Marruecos. Creo que es uno de los aspectos que forman parte de la cultura marroquí y que noes citado normalmente.
Pues bien, yo tocaba de siempre y si mis habibis tocan, pues ya somos más de lo mismo.
Pero el caso es más gracioso. A ver, íbamos hacia Casa y habíamos atravesado Rabat por dentro de la ciudad. Como conocía esa salida la usé, con tan mala fortuna que me despisté y no hice el Stop propio del lugar.
Nada, un gendarme con su motazo parecía estar esperándome. Me para y empieza, de una forma educada y correcta, a regañarme...
Estoy a tres o cuatro metros del coche en el que vamos con la familia y veo de reojo que mi laila está en la ventanilla -dos años preciosísimos- llamándome.
Empiezo a andar hacia atrás, el gendarme me sigue en mi marcha y, cuando paso por la ventanilla cojo a la laila en brazos.
Sabía lo que iba a pasar. La chiquilla empieza a hacerle carantoñas al gendarme hasta que no puede resistirse.
La coge en brazos, la enana le hace gestos divertidos y el pobre hombre cae en brazos del encanto de mi hija.
De hablar del Stop pasamos a hablar de los chiquillos, etc. etc.
Total, de multa, ualu---

domingo, 23 de marzo de 2025

Lavarse las manos en la calle.

 En la acera de la puerta de mi casa, en el "control", por debajo de la rotonda que albergaba una fuente de la que 'salió' la paloma a un lugar un poco más al sur, se daba un fenómeno impresionante. Cuando llovia fuerte -más o menos como ahora- bajaba un verdadero río por la aguada, además, las calles que, desde el barrio málaga fluían con la avenida grande hacían que aquello fuera como el Amazonas. Pues bien, cuando esa ríada llegaba al bordillo de la acera ¡se levantaba un labio de agua de alrededor de un metro de alto!, sin pasar al interior. Es decir, que te ponías en la acera, te inclinabas u n poco y te podías lavar las manos sin agacharte demasiado. Vamos, un número excepcional. Nunca lo he visto en ningún sitio...

viernes, 11 de octubre de 2024

El "mal de ojo"

 Un cuentecillo histórico.... A Xauen ibamos como el que va a la cafetería de la esquina. Claro que hicimos amistades, y fuertes, con algunos de los "guías" que había por allí y, tanto, que al llegar al aparcamiento que había -a lo mejor lo hay aún- de enfrente del "parador", le decíamos a alguno de los chicos que habían por allí que avisaran a Mohamed, el "mini-guía"... 

Claro, esperábamos y, mientras, un montón de aspirantes a llevarnos de paseo se acercaban con "está de suerte, amigo, día de mercado" y cosas parecidas...Pues bien, un día que nuestro habibi tardaba algo más de lo normal se acercaron un buen montón de cicerones... Los miré a todos con fijación y, de pronto, uno de ellos dijo -aún en español- "¡que nos está echando el mal de ojo!"... Salieron a toda velocidad en todas direcciones. La plaza se quedó sola. Nosotros, únicamente.

lunes, 22 de julio de 2024

Poner tornos en su sitio

 Pues sí, trajeron tornos nuevos a nuestro "Juan de la Cierva".

Y, como siempre en estos casos, revolución....hay que mover los antiguos, dejarles sitio a los nuevos, planes, discusiones y, al final, tocarlos.

Es decir, sacarlos de sus embalajes y disponerse a mover esos armatostes de no sé cuantos cientos de kilos de peso y que lleguen felizmente  a su sitiio.

Todos estábamos contentos y... preocupados.

Bautista, Joaquín y alguien más que no recuerdo, en la puerta del taller.

Me acerco a ellos. Ha venido un camión  y los ha dejado justo en la puerta del taller. Esa construcción que estaba en mitad del "patio".

Pero no estaban en su sitio.

A base de empujones, rodillos o lo que fuera, han entrado hasta enfilar la puerta del taller de la derecha.

Quedan cinco o seis metros.

Y se me ocurre una idea. 

Pongo el Nissan al lado de la ventana de fuera, metido en la tierra, de espaldas al taller. Metemos una cuerda por la ventana y tiramos de ellos.

Pero, más aún, le digo a Paco que recuerde el funcionamiento de las "maquinillas" de los barcos, es decir, dos vueltas de cuerda sobre la bola de enganche y cuerda suelta al otro lado. Si aprietas, se agarra la cuerda entre sí y se queda fija.

De esa forma tirará del torno y el que está fuera del coche domina mejor la vista para decir cuando se ha de mover el torno o pararse.

Yo, al volante, primera corta, tracción a las cuatro ruedas y, Paco, detrás, los demás al lado del torno y la cuerda tirando -o no- de él.

Empezamos. Claro, el torno se mueve. Muy bien, despacito, despacito se va acercando a su sitio.

Pero la coordinación no ha funcionado. En un momento determinado, el torno se ha "pasado" de sitio y, claro, es más fácil tirar que empujar.

O sea, que renuncia al procedimiento. 

Volvemos todos al taller y entre empujones a un lado y empujones a otro, se va llevando a su sitio.

¡Qué lástima!, con lo bien que parecía que iba a ir.



lunes, 15 de julio de 2024

MENAS-1

 Posiblemente no sea ni el nombre adecuado ni la referencia correcta pero se ha convertido en  un tópico útil y, creo, propio de la descripción que pretendo hacer.

La primera vez que fui consciente de que hubiera menores desatendidos viviendo a su propia suerte fue en cualquier avenida de México D.F., en el año 1982.

Es decir, bajábamos -en carro, claro-  desde México-Tacuba hacia Insurgentes o Revolución y, en el primer semáforo te asaltaban chicos de alrededor de 8 a 11 ó 12 años que, con un trapo, rasqueta o similar te limpiaban el parabrisas. Otros, a su lado, te ofrecían chicles o Kleenex y, todos bajo una actividad desenfrenada para que, si les rechazabas fueran a otro carro y allí rindieran su actividad.

En principio, desconocedor de muchas cosas, me parecieron vitalistas, es decir gente, a las que no era difícil presuponer marginación y, por ello, su reacción para ganar alguna plata.

No fui crítico en principio. El trato era afectuoso y en cierta forma jovial y, claro, si tienes mano con los chavales siempre hay algún recurso para hacerles reir. 

Les dabas una propina y tenías chicles y Kleenes y, más o menos limpio, el parabrisas. (Mi "carro" era muy alto y, por ello, no llegaban más que a la mitad de su altura).

Ya era normal, confiabas en ellos hasta para conseguir alguna cola o refresco y... así, un día y otro.

Hasta que me hablaron de ellos. 

No eran espontáneos. Es decir, no tomaban -no puedes decir "cogían"- el metro para bajar desde las colinas de alrededor de Tenochtitlan y llegar al centro, de forma autónoma. 

Les dirigían. 

Nos señalaron que eran presa fácil de una especie de mafias que decían dónde tenían que estar, cuantos, a qué horas y se llevaban una comisión por regularlos. Es decir... que estaban en manos de profesionales de "su" actuación.

Y, ahí, empezó mi malestar. 

Yo había caído en una especie de 'película americana' en las que veíamos como parecía normal la cantidad de pequeños empleos que parecían adecuados a gente joven en América. Los lavacoches, por ejemplo. Nos decían que mucha gente importante había comenzado en su autonomía por dedicar horas a limpiar carros en lavaderos a propósito.

Pero empezaba la parte oscura. Eso podría existir. En principio, si es libre y en horas no escolares es fácil no tenerles censura. Pero... es más complicado.

Sin embargo, hay algo importante a señalar.

Esos chicos estaban ya en contacto con la realidad. Un cierto tiempo en esa labor les hacía independientes, autónomos respecto a su familia aunque no respecto a los que los manejaran.

Pero llegaban a ser capaces de vivir solos. Sin autoridad familiar y...


Podían ponerse al servicio de quien fuera y donde fuera.