jueves, 17 de octubre de 2019

En el cafetín del Barrio Málaga

Cualquier tarde, de cualquier día, probablemente en primavera de cualquiera de los años que van desde 1984 a 1987. 

Estoy trabajando en el  "Juan de la Cierva", instituto de Formación Profesional, situado en el ámbito del "Hospital Español", de Tetuán. 

Han acabado las clases de la tarde, hace buen tiempo y pienso que, en lugar de irme a casa -cerca del "control"- voy a darme un paseo.

Salgo del Hospital y tiro a la izquierda, cuesta arriba.

Al final de la calle, a la derecha, tropiezo con una calle que cruza el "Barrio Málaga". Ya lo conocía de pasear por allí, pero nunca había ido tan despacio y dispuesto a charlar con quien quiera que e preste. 

Al cabo de un rato, un cafetín me sale al paso, entro y pido un té.

Me lo llevan a una mesa y un señor, de alrededor de 50 años, me hace una indicación y se sienta a mi lado.

Dice lo que va siendo normal. Sabe quién soy, no de nombre, pero sí de situación. Es decir, que trabajo en el Hospital, que soy profesor y que tengo un coche grande, blanco....

Pues nada, charlamos del tiempo. Él en perfecto español -o casi- pero mucho mejor de lo que, aparentemente, me cabría esperar.

Empieza a contar algo así como "usted no sabe lo que aquí pasamos cuando ustedes (siempre hay una convocatoria a que fuimos "nosotros") se fueron.
¡Ah!, pues cuente.
Dice: "yo soy uno de los que hicimos el tonto".
¿Y eso?

Continúa: Aquí sabíamos que en el sur habían tenido problemas con los franceses, que en Mekinés había conflictos y que, tarde o temprano, nos tocaría a nosotros.

Llegaron unos señores y nos llamaron a hacer manifestaciones contra el protectorado. Nos dijeron que iban a repartirnos tierras si estábamos de acuerdo con que la situación con los españoles terminara de una vez por todas.

Y, ya ve usted. Yo tenía carnet de identidad español.

Fuimos a una plaza y como en una fiesta quemamos los carnets.

Nos dijeron que habia que seguir adelante porque, si no, nos meterían en "el túnel de la risa" y que había que echar a los españoles cuanto antes mejor.

La verdad es que estábamos muy animados. Eso de repartir tierras parecía muy interesante"....

Me llama la atención que está contando esto con la mirada lejana. De vez en cuando se interrumpe para sorber su té, pero continúa sin que yo tenga que preguntarle nada.

Dice: "Al cabo de un tiempo, en el que para nosotros no pasaba nada, sólo éramos informados por rumores, se anunció que se acababa el protectorado español".

Y, ahí -dice-, "se acabó todo la ilusión. No sabíamos a dónde acudir, quién ni cuando nos iban a dar las tierras.

"Pero no nos dieron nada". 

Y seguimos aquí, como antes, pero no mejor que antes. 

martes, 28 de mayo de 2019

Dar Ben Karrich

Nuestra amiga Marie C. Brzezinski, ha invocado recuerdos sobre el sanatorio de Ben Karrich. Pues ahí va uno que toca a este lugar en particular.

Sucedió una tarde cualquiera de la primavera del 85 u 86. Tenía que llevar una carta urgente a Correos y, como hacía una tarde magnífica decidí llevarla a Ceuta. 
 
Vivía en el control y, eché a andar hacia la estación a través de la Alameda. Al llegar a una parada de taxis que había cerca del "Ensemble Artisanal", vi a una persona del Sanatorio que conocía por haberme sido presentada por alguien.

Estaba particularmente nerviosa y, al saludarla, me miró con ansiedad. Le pregunté sobre qué le ocurría y me dijo que tenía que ir a Ceuta urgentemente. Había que recoger un medicamento que le traerían en uno de los Ferrys de la tarde. 
 
Como es obvio, la invité al viaje y salimos en marcha hacia Malalien y resto del camino.

Iba nerviosa, decía que el medicamente era importante y que lo había conseguido buscar en Algeciras y que alguien se lo trajera a Ceuta pero que se lo tenía que entregar en mano y temía, que de no llegar a tiempo, la persona se tuviera que volver a la península.

Llegamos a la frontera y era uno de esos días en que sellar el pasaporte es algo más largo que la travesía de Siberia en patinete. Un latazo
Mi amiga se subía por las paredes y estaba nerviosísima.

Nos acercábamos a la ventanilla e indicábamos de la manera más diplomática posible que teníamos prisa.

El funcionario nos miraba y nos hacía uno de esos gestos inabarcables que tan propios son en nuestra cultura.

Hasta qe la mujer, no pudiendo aguantar más, le espetó al funcionario. "¿Sabe usted donde trabajo?. Pues en Ben Karrich y ¿sabe usted a qué nos dedicamos, qué enfermedades atendemos"?.

El funcionario se quedó parado mirándola con algo de susto en su cara. Pienso que mencionar la tuberculosis tiene algo como "mentar la bicha" en lenguaje popular.

El caso es que cogió su pasaporte, lo selló e inmediatamente señalamos mi pasaporte diciéndole que era "el conductor".

Selló los dos y salimos escopeteados para el puerto. 
 
Recogimos la medicina, eché mi carta y volvimos a pasar la frontera al cabo de un ratito.

Hacia abajo todo fue más sencillo.

domingo, 26 de mayo de 2019

Mi amigo Abdeslam

Si digo que la experiencia más rica que se tiene al vivir en otras realidades distintas de la primaria original es el conocer a otras personas, no he inventado nada.

Todo el mundo sabe que en cualquier lugar hay personas dignas de ser tenidas en cuenta, tratadas y, sobre todo disfrutadas, cuando tienen una gran categoría.

Tales variables las encontré en mi amigo Abdeslam. Era el portero de la finca de la zona de "El control". Vivía en la parte baja del inmueble con su mujer, Fatoma y algunos de sus hijos.

Zona de "El Control", vista desde el norte.

 

En cuanto llegamos a esa casa nos tomó como protección. Le gustaba subir a casa y aprestarse a charlar, a instruirnos en costumbres y atenciones, a hacer que mantuviéramos relaciones con otros vecinos que, por estar fuera de nuestros ámbitos, no los hubiéramos conocidos si no llega a ser por él.

Fatoma, su señora, competía con Achoucha a ver quién hacia la "Harira" más rica, o más consistente, porque tal me parecía el parámetro fundamental. Aquello estaba buenísimo, pero era, casi, hormigón armado: se tenía la cuchara de pie en mitad del plato.

Día a día, ocasión a ocasión, charla a charla, me fue introduciendo en el mundo de sus recuerdos. Contaba cosas extraordinarias.

Por ejemplo, dijo que intervino en la guerra incivil del 36 al 39, siendo muy jovencito y fue llevado a pegar tiros a la Península. 

Le tocó un batallón de requetés y a él, junto con unos cuantos rifeños más, los bautizaron en medio de una ceremonia más o menos triunfal.
Me quedé sorprendido. Le pregunté ¿Y qué hiciste?. "Nada, cerré los ojos. No entendía nada".

Traté de aclararle. No te preocupes, tú no estás ni bautizado ni nada. 

Aquello fue una molestia que os infringieron, pero no tiene ningún significado, ni para tí ni para nadie. 

Me señaló el cómo apareció, en la parte de debajo de la fuente que en principio sostuvo a la Paloma, un señor que se instaló allí. Vestía una chilaba típica de saco y estaba algo mal de la cabeza. 

Me enseñó a ayudarle bajo el compromiso de que 'estaba protegido de Dios' y que había que acompañarle en sus necesidades. 

Como enfrente de casa había un bakalito, nos las arreglamos para que supiera que podía ir a recoger en él algunas cosas de primera necesidad.

Un grupo de gente pasó por eso y este hombre estuvo atendido, en lo que cabe, con dignidad y elegancia. Me enseñó a observarlo y prever sus crisis. 

Al final se lo llevaron durante una temporada al sanatorio adecuado. Volvió limpio como el jaspe hasta que un día desapareció del todo. Dijeron que se lo habían llevado a su familia.

Era magnífico tener un rato de charla con Abdeslam. Asomarnos a disfrutar del labio de agua que se formaba en el escalón de delante de la casa con la riada que bajaba por la aguada.

Muchos años después, al pasar alguna vez por Tetuán camino de algún lugar, lo he buscado, pero llegué tarde porque había pasado por Bab Mcabar en el sentido que no tiene vuelta.

Lo siento ahora en el recuerdo y lo sentí mucho en su momento.



viernes, 10 de mayo de 2019

Las pastillas anticonceptivas

Hace algunos días, contando anécdotas pintorescas entre amigos de la familia, nos decían de contar algunas de las que hubiéramos pasado en nuestros años tetuaníes.

Se me ocurrió la siguiente.

Viviendo en la zona del "control", al lado justo de donde estuvo primitivamente la Paloma, subía algunas tardes a comprar medicinas a una farmacia que había por la zona del dispensario, más o menos, y a esa hora de la tarde me encontraba con que había cola. 

Sin problema, entrabas por una hoja de la puerta de cristales, pasabas por el mostrador y salías por la otra.

Pero en más de una ocasión me encontré con que el señor que atendía a la farmacia me pedía que me quedara.

¿Para qué? fue mi primer planteamiento. Y el hombre, en un medio francés, medio español, me pidió que explicara a una parejilla el cómo se tenían que tomar las pastillas anticonceptivas.

Pues, ¡menudo papel!. Una pareja de jóvenes, pero jóvenes de verdad. Provenientes, según entendí de algunas de las kabilas de entre el Gorges y Ben Karrich, que no hablaban sino Dariya, demandaban explicación sobre ese blister de 28 pastillas.

No se me ocurrió hacer otra cosa que dibujar un calendario, con los cuadros señalados por los días de ese mes, Marzo o Abril, por ejemplo e ir indicando que el dia "arba", "naam" pastilla, el dia Jhemis", naam pastilla y, así hasta acabar el blister. Después 4 ó eran 5 días de "descanso" y, lo peor, cómo se explica en mi paupérrimo arabía, que la pastilla era independiente del cumplimiento marital. Pues, apuro, pero, cuando parecía que nos habíamos entendido, salíamos los tres a la calle con sonrisas cómplices.


Me parece un recuerdo tierno.

Dispensario

jueves, 7 de febrero de 2019

La "Tele", en Tetuán, años 85 o por ahí.

No me cabe duda de que la televisión ha sido un fenómeno histórico. No soy quién para compararla con la imprenta o con la capacidad de hacer periódicos globales o locales. Pero era y, al parecer sigue y seguirá siendo, un fenómeno digno de tener en cuenta.

El problema es que, para que sirva, hay que verla y, a veces, luchar porque se vea.

En Tetuán, en los años 84 y por ahí, llegaba un canal de televisión nacional marroquí. Y otro español.

Para el marroquí no había demasiado problema, un aparato, una antena en el tejado y a ver qué es lo que nos ponían.

El de "la Primera Cadena" de TVE sí había problemas. Dependía de dónde estabas situado dentro de la ciudad. Si tu casa caía hacia el Este, la señal entraba desde el 'repetidor' de Lújar, al sur de Granada, y se solía ver bien. Si, por el contrario, estabas en la zona del "control", o más arriba, barrio Málaga o hacia el mercado de las legumbres o tirando hacia Semsa, o se veía mal o no se veía. El Jbel Dersa hacia de paraguas a las ondas y si podía, se las quitaba de en medio.

En una zona determinada se trataba de pasar el plano que definía la antena por encima de la zona que te pudiera hacer sombra y, así, era normalísimo, ver en las terrazas de las casas unos hierros altísimos para subir la antena todo lo posible. Unos cables o 'vientos' hacían que ese hierro aguantara a los tremendos vendavales que son normales en nuestra Tettauen.

Pero, había que poner esos hierros y, en su sitio, los vientos. 

Esto lo hacía -supongo que entre otras personas- uno de mis alumnos. Ahora antiguos, pero actual amigo y con el que tuve el otro día el placer de hablar con él por Skype o algo así. 

Un día subí con él a una de las terrazas donde estaba poniendo una antena. Le había preguntado cómo conseguía poner -y arreglar, cuando hacía falta- aquellos dispositivos de susto. Me dijo que esperara, que lo vería en persona.

Llegamos a la terraza y ví cómo disponía de los "alicates de presión" de tal forma que le hacían de peldaños en el tubo. Quitaba el de abajo y lo ponía más arriba a medida que iba subiendo. Me pareció un disparate  y se lo hice saber. 

Es verdad que lo hacía con una corrección y cuidado extremos, pero no cabía más que pensar que algún Miguel o Gabriel le protegieran en sus subidas y bajadas. 

Discutíamos de la física de las ondas y me admiró que había deducido, por su cuenta, elementos de la forma de polarización de las ondas electromagnéticas, que le servían para orientar mejor las antenas. Es más, contribuyó junto con otros anteneros de Tetuán a poner las cuscuseras como 'espejo de ondas' en las antenas y que así estas tuvieran mayor eficiencia.

Recuerdo reírme con él con eso de las cuscuseras. Decíamos el chiste de aquella señora que se acercaba a alguna ferreteria y al pedir el famoso recipiente de aluminio para su olla, le dijeran, "si señora, quiere una cuscusera, pero ¿de la primera o de la segunda cadena?".

Porque, a todo esto, ya había empezado a recibirse la segunda cadena, TVE2, que constituyó otro reto. Las antenas no eran las mismas que la de la primera y había que hacer ajustes.

No había problema. Siempre estuvo este hombre pronto a poner antenas donde hiciera falta.




lunes, 4 de febrero de 2019

Cabo Negro

Visto desde la playa de Restinga, o desde la de Kabila, Cabo Negro parece una serpiente dibujada por el principito. El elefante estaría en su zona más alta, por debajo, claro y el resto del cuerpo se pierde en el M'diq. 

Por lo menos es lo que siempre me pareció y, como nos gustaba mucho, empezamos a subir por uno de los carriles por los que se accede al monte. 

Cuando salías de la zona de la vertiente norte, la que está sobre "el Rincón", se llega a un sitio extrañísimo. Unas construcciones de hormigón protegen una especie de cuevas con pasadizos oscurísimos a los que nunca nos atrevimos a entrar.
Mirando con atención se ven las plataformas circulares de las posiciones artilleras.
La de la derecha, encima de la curva, está más clara que la otra.

Uno de estos cobertizos parecía enteramente el cascarón de una tortuga, pero vacío. En otros, unas extrañas formas circulares recordaban lo que habían alojado. Un cañón de artillería de costa.
La "tortuga" está justo a la izquierda de la casa.
Preguntados los compañeros 'de siempre de allí', nos decían que era una zona extraña, que había habido cañones para proteger la costa de un eventual desembarco en la playa que nace piedras abajo y termina en Hasla. También, que Franco había engañado a Hitler y había puesto piezas de bronce en lugar de cañones modernos, en fin, toda una historia, pasada.

Pero, como tantas veces, lo mejor era el terreno humano. Fuimos un montón de veces a merendar y, en algunas ocasiones, bajábamos hasta el faro. Allí nos encontramos con una familia a su cuidado formado por una pareja con un montón de chiquillos. 
El Faro de Cabo Negro.
Hacíamos lo que he contado en otra ocasión. Se empiezan a sacar vasos para refrescos y cruasanes -o trozos, dependía del número- y formamos un barullo entre chiquillos propios y ajenos.

Lo pasábamos bien. Pero en una ocasión  tuvimos un incidente divertido. Nos despedimos de los padres y subimos al coche. Echamos a andar carril arriba, hacia las posiciones citadas en lo alto del monte y, al cabo de unos metros, al mirar por el retrovisor interior veo que detrás de mi hay caras no esperadas. Paro y miro a los asientos traseros. 

He tenido aumento de plantilla. Varios de los chiquillos del farero están sentados detrás de mí y, además, noto que falta alguien.

En mitad del carril tengo al farero, riéndose, con mi hija en brazos, tan tranquila. 

miércoles, 30 de enero de 2019

Por favor, ¡poneros derechos!

Año 1985. Aula 15, creo, del I.E.S. "Juan de la Cierva", de Tetuán, Marruecos.  Curso, creo recordar, 3º de Oficialía o Primero de Segundo Grado de F.P.II. Asignatura, física y química, no, perdón, en ese curso era sólo Física.
Aula grande, dedicada fundamentalmente a exámenes, asistentes unos 28 - 30, todos varones y de orígenes variopintos.  Como después se verá.

Profe en la mesa, cerca de la pizarra, examen entregado con fotocopias, y silencio normal en esas situaciones

De pronto, advierto que, vistos en general, están dispuestos de forma rarísima. La distancia entre las mesas, relativamente separadas, es la normal, .... pero no hay ninguno, contiguo a otro, que esté inclinado de la misma forma.

Digo, de manera normal, "¡Por favor!,¡Poneros derechos!".

Mirada asombrada de la totalidad de los presentes, Alguno, me parece que fue Reda, con el que sigo en contacto, que me dice con mirada de asombro "¿Cómo?".

Me callo y cada uno de los alumnos prosigue con
sus respuestas.

Me paseo por entre las mesas y compruebo un proceso asombroso. Cuento los que hay zurdos y los que hay diestros, cuento los que tienen como lengua materna el árabe o el español, Cuento los que hay de origen, digamos, ambicultura, sigo mirando y, compruebo que ¡todos están derechos!.

Es decir, los que tienen como lengua materna el árabe... y son diestros, escriben -de izquierda a derecha, claro- con la hoja, digamos, inclinada a izquierdas, pero ¡escriben desde encima de la hoja!. Es decir, están escribiendo, respecto a la hoja... de derecha a izquierda.

Los que tienen lengua materna hispano-francesa, son diestros, escriben, digamos, normal, hoja normal y desarrollo normal, Pero los zurdos, ¿cómo ponen la hoja?. Algunos escriben ¡por encima de la hoja!, es decir, desde arriba hacia abajo, pero sin taparse la escritura.

Si sigo, me hago un lío. Pues bien, lo curioso, de los cuerpos, es que, cada uno de ellos ha adoptado una forma, respecto al pupitre, que le sea adecuada para el "apaño" que haya hecho con su escritura.

Total. Un lío de posturas imponente, sobre el que me gustaría hacer un esquema gráfico alguna vez y, exponerlo aquí.

Pero, una conclusión.... Todos estaban derechos....



domingo, 27 de enero de 2019

Y tú, ¿de dónde eres?

No puedo fijar con precisión en qué fecha ocurrió pero, por el contenido de mi anécdota, supongo que tenía que ser ya empezado el curso. Cuando los profes y alumnos vamos creando lazos de confianza.
O sea, algo así como al final del trimestre primero, por tanto, finales del 84 o principios del 85.
Lugar, está claro, algún aula de mi Insti en Tetuán: el "Juan de la Cierva" y, supongo que tendría que ser alguno de los cursos normales, es decir 1º de Maestría o Primero de FP-I. Más bien me inclino por el primero.
De siempre -y, lógicamente en Tetuán también-, había puesto en marcha una propuesta de relación y estudio: "En mis clases se puede preguntar absolutamente sobre todo lo que se quiera, si bien me reservo la obligación de contestar en el momento en que crea oportuno para no estorbar el desarrollo normal de la asignatura".
O sea, que los primeros diez minutos de la clase eran lugares en los que podían salir las cosas más peregrinas.
Un ejemplo: Un día cualquiera del período señalado arriba, un alumno me pregunta: "Rafa, ¿tú de dónde eres?".
Claro, hay que contestar con cierta retranca porque la pregunta puede ser -y de hecho era- tremendamente polivalente.
Pero, como estábamos en esos diez minutos de franquicia, contesté rápido: "¿De nacimiento?,¿de adscripción?¿de origen?, ¿a cuál de las tres quieres que te responda?".
El alumno insistió en lo del "origen" y ahí, me explayé.
Empecé: "Mira, tuve la suerte de preguntarle a mi padre sobre el tema y él me propuso hacer una referencia a los 20 siglos que normalmente se consideran en España como historia conocida. Y, así, empezó (mi padre, y yo, repitiéndolo)....Al parecer, 1 ó 2/20 teníamos que ser iberos, celtíberos o algo por ahí. Después, aproximadamente 1 ó 2/20, romanos, mezclados con los anteriores. Más tarde una fracción similar o mayor de visigodos y, por tanto, algo europeos o germanos. Luego, 7 ó 9/20 musulmanes y, para acabar, la fracción que queda hasta el 20/20, un poco de todo".
Les comenté a los alumnos que la descripción de mi padre me pareció ocurrente y curiosa. Divertida. Tanto, que la asumí. Pero, también les conté que seguí preguntando sobre otras culturas que él no había contado porque no parecían numéricamente significativas. Por ejemplo Gitanos y Judios.
Él me dijo -y yo repetí, porque lo tengo asumido-. "Pues mira, tenemos que tener algo de gitanos porque han estado presentes en muchas situaciones y de judios, pues, también, porque, además, tenemos un apellido que tiene que ver con las plantas. Cosa que hicieron muchos judios para hispanizar su apellido de familia y así confundirse con los cristianos".
Y, tal y como yo le pregunté a mi padre, lo propuse en clase. "Entonces, ¿somos algo así como un 'potaje'?.
Y, sí, somos, soy un hijo de un potaje que dará lugar a hijos más mezclados todavía.
El alumno y, con él, los compañeros se quedaron algo confundidos.
Me dijeron, así, "¿Y no te da vergüenza?".
"¿A mí?¿Por qué?".
Y aquello acabó de una forma curiosa porque algunos días más tarde, ya en los pasillos, alguno me comentó que acababa de caer en que sentirse orgulloso o herido por tener un determinado origen no era más que una simpleza. Daba igual el origen.
Me encantó.



sábado, 26 de enero de 2019

El jalufo de la C.T.M.

Vivíamos en "el control", en un edificio que tenía a sus pies la paloma blanca que luego cambiaron a la otra rotonda.
Sexto piso y, circunstancial, pero de manera normal, sin ascensor. O sea que estábamos bastante ejercitados en eso de subir y bajar, pero no importaba, la vista era importante y tener al Dersa enfrente era un regalo.
Un día cualquiera, cerca de las doce de la noche, hora de acostarse, suena la puerta.
¡Qué extraño!¿Esperamos a alguien?. Pues no, pero no nos importó. Supusimos que serían Abdeslam o Fatoma que nos subían una olla de harira o algo parecido.
Y abro la puerta. Efectivamente tengo delante de mi a mi amigo Abdeslam, al que en otro momento le dedicaré un relato especial para él. Pero al lado, un señor extraño, bajito, con gorra y un uniforme. Vislumbro de que en algún lugar del mismo hay unas letras que me suenan "CTM". 
¿Un conductor?.
Pues eso me cuenta Abdeslam. Dice que es el que trae el autobús de línea desde Ketama y que, al pasar por Taza o por ahí, ha pillado un jalufo, lo ha matado y me lo trae por si lo quiero.
Abdeslam me mira sonriendo. Y como él me mira a mí, yo lo miro a él. Somos cómplices de algo pero no acabo de entender de qué.
Me pide que baje con ellos y que, si yo no quiero el jalufo, que haga el favor de pensar en alguien que lo pueda querer.
Miro a mi mujer y dice "Antonio". 
Entretanto, mi mujer se ha asomado al balcón y me llama desde él.
Debajo de nuestra casa, en la puerta, hay un autobús que tiene en su "baca" una especie de lona 'que se mueve'.
Me asomo y confirmo la observación pero, como hay que estar preparado para interpretar cualquier cosa, sospecho que lleva gallinas en sacos y que son estas las misteriosas causas móviles del techo.
Abajo a la derecha la rotonda donde antiguamente estuvo la paloma.
Arriba a la izquierda, el Hospital Español, donde estaba -y está- el "Juan de la Cierva".

Bajamos el conductor, Abdeslam y yo.
Efectivamente, en el "morro" del bus hay un jalufo mediano, muerto, atado de patas y colgado de los limpiaparabrisas.
Subo al bus, lleno de gente silenciosa y misteriosa.
Arrancamos hacia la estación de autobuses.
Llegamos allí -ya sería algo más de la una de la madrugada-, bajan los viajeros, otros se suben al techo, bajan los sacos de gallinas y cuando todo eso acaba, cerca de las dos, el conductor me indica que me suba a su lado y salimos por una Tetuán silenciosa a buscar al consumidor de jalufo.
Como me había dicho mi mujer, pienso en Antonio, el conserje del Instituto "Juan de la Cierva". O sea, que tiramos para el Hospital  Español. 
Llegados a su puerta, me bajo, despierto al conserje que malduerme en uno de los kioscos de la entrada y le pido que me abra.
Más o menos me reconoce. 
Entramos en el paseo central. Echo una carrera a casa de Antonio y llamo con fuerza.
Se asoma a la ventana del piso de arriba y le explico el caso. Baja medio en pijama y se interesa por el caso. Llegamos al bus, descendemos el jalufo y lo llevamos a su casa. Le ha dado un óbolo al conductor que maniobra para salir del Hospital. 
Nos despedimos y echo a andar para casa, que me pilla cerca.
Impresionante el silencio tetuaní a las tres y media de la mañana.
Llego, me acuesto y, al día siguiente, ¡a clase!.
A media mañana me encuentro con el conserje y una bolsa que, supongo, tiene que ser lo que después será.
Ese día comimos pinchitos de jalufo. Fresquísimos, de animal recién matado. Si lo sabré yo.

Votos de Hassan II para Gadaffi.

En un determinado momento del año 86, nos invitaron a un colega y a mi a ir de cacería de jalufos. Ibamos a los bosques que están a la izquierda del embalse que hay algo más allá de Ben Karrich. Tanto mi amigo como yo no teníamos ni idea de escopetas pero sí de ver el ambiente de un día de estos. 
Nos citamos a las cuatro de la mañana -no tengo ni idea de por qué tan temprano- en un cafetín de la Avenida 10 de Mayo. Creo que era en el Nipon.
Estábamos tan tranquilos chapoteando nuestros dulces en el café cuando oímos a los cazadores hablar de algo que nos llama la atención.
Decían. "No se nos puede olvidar, mañana o pasado hay que hacer la reunión del acta que ha mandado el Rey".
Bueno, pensamos, será algo típico de las asociaciones y no le dimos mayor importancia, pero al cabo de un rato constatamos que a los amigos cazadores les preocupaba el tema.
Aprovechando su hospitalidad preguntamos sobre lo que contendría ese 'acta' tan especial.
Y nos dijeron: El Rey ha mandado que todas -todas, todas- las asociaciones, clubes, equipos de lo que sea, agrupaciones de padres de alumnos, en fin, todo grupo constituido, convoque una reunión y elabore un acta en el que se diga que tal asociación, a través de la firma de sus socios, ratifica su deseo de cortar el pacto que hizo con el presidente Gadaffi, para la asociación de nuestros países.
Y caímos en la cuenta. Resultaba que unos años antes Hassan II y Gadaffi habían firmado un pacto de una unión entre sus respectivos Estados. Pacto que, también quiero recordar se refrendó por un plebiscito popular.
Al cabo de unos cuantos años -al parecer- el REy Hassan, rompió ese pacto y Gadaffi le afeó que no hubiera pasado esa rotura a las urnas.
Hassan II le contestó con que, si Marruecos tenía -pongamos, 18 millones de votantes- en las actas conseguidas a través de las asociaciones, había 24 millones de votos.
O sea que sacó un montón de votos para re-re-refrendar su deseo. No está mal.

viernes, 25 de enero de 2019

Paseos por la tarde

Salíamos del Insti alrededor de las cinco de la tarde y, un buen día, se nos ocurrió una actividad nueva. 
Decidimos salir todas las tardes que fuera posible a explorar las kabilas y carriles de alrededor de la ciudad. Contábamos con que hacía buen tiempo, sería eso a partir de Marzo y salvo alguna lluvia parcial, podríamos gozar de tardes y atardeceres bonitos donde quiera que fuéramos.
Asi que, a ponerlo en marcha. Llegar a casa, teníamos a nuestros hijos recogidos del cole, (Jopinto Berlevente uno y otra de la guardería que había cerca de Pabellones), junto con alguno de los hijos de los compañeros profes que había por allí.
Pasábamos por una cafetería que había -o hay, hace tiempo que no voy por allá- en la calle Ahmed Ganmia (aunque no recuerdo que entonces se llamara así) y, en ella nos daban una caja de cartón que contenía un par de Coca Colas o Fantas grandes, un montón de vasos de papel, un paquete de servilletas y un montón de croissant o bollos similares.
Salíamos por la carretera de Tánger, por ejemplo y en un día que recuerdo especialmente, al llegar a una curva a derechas, al final de la cual se dividía la carretera hacia el Khemis y la continuación hacia Tánger, torcimos a la derecha por un carril. 
Creo que subía hacia Darcheyene o algo así.
A la izquierda, abajo, la salida del carril. La carretera que se ve hacia el norte es la de ksar Segher y, a la derecha, arriba, cerca de la mancha blanca de la cementera -que entonces no estaba-, tenía que estar la kabila a la que nos referimos.

Pasada esta aldeíta, entrábamos en una pista que si bien estaba señalada, no tenía ni una señal de paso de ruedas de coche.
Era de tierra, sin piedras pero horadada por infinitas pisadas de caballería. Un verdadero queso gruyere. Yo sabía de ese carril por un viejo mapa que me había dado un compañero del Instituto. Sabía que subía a una Kabila que había en lo alto del monte y, como aquello tenía un final, disponíamos de tiempo y ganas pues, ¡ala!, en primera y despacio. 
Un buen rato de masaje porque el coche no paraba de dar saltos en todas direcciones
A una buena altura, dominando el valle, la central térmica y, alla a lo lejos, hacia el norte, el sitio del embalse que hay al lado del Douar Zaouia, llegamos a una aglomeración de casitas, separadas entre sí y, entre ellas una gran higuera, una fuente  y un banco alargado.


Pudo ser esta Kabila

o esta. Esta está, ahora, lindando con la carretera de la nueva posición de la cementera Tetuaní.

Pero, la sorpresa es que no había nadie. Nadie, nadie.
Nos bajamos del coche y saltan al suelo los 5 ó 6 chiquillos (el mayor 8 años), empiezan a corretear y mirar hacia todos lados
Pero no aparece nadie. 
Decidimos hacer lo que en otros sitios habíamos efectuado.
Sentarlos en el banco, repartir los vasos y empezar a llenárselos de refresco. 
Cuando llegamos al último de los chiquillos que llevábamos vemos que ha aparecido un pequeño stitu y se ha sentado al lado del último. Un vaso y, antes de levantar la cabeza hay otro, y llega otro, y llega otro. 
Mi mujer entretanto ha ido cortando a mano los croissanes y da un trozo al primero, sigue, al otro, y al otro, y al otro, y al otro, y avisa. Oye, Rafa, voy a tener que hacer los trozos más pequeños porque no nos van a llegar.
Rebañamos las existencias del fondo de la caja y repartimos todo lo que podemos. 
Nos retiramos para ver el espectáculo.
De donde no había nadie han salido un montón grande de chiquillos.
Aparece detrás de nosotros un señor dignísimo, con una chilaba blanca, camisa blanca y un tarbuch por tocado.
Saluda en un español viejo. "Buenas tardes".
Pues ¿cómo no?. "Buenas tardes". 
Y comienza una charla agradable en la que nos dice que "hace 18 años que no sube un coche aquí" y, como tienen ustedes un coche que se le parece al de la policía (era verdad, mi Nissan era blanco y el de la policia, igual, pero en amarillo), la gente se ha extrañado y e ha escondido
Han empezado a salir kabileños y kabileñas de sus respectivas moradas. Juegan con los chiquillos que les enseñan su vaso de refresco y su trozo -si les queda- de bollito.
Aparece un chico joven que habla bastante español y dice estar estudiando en Tetuán. 
Hemos formado un corro la mar de curioso, las madres parlotean tratando de hacerse entender con nosotros, que hacemos lo mismo con ellas y, creo, hablamos de niños.
A medida que se va acabando la merienda se forman carreras algunos paseillos alrededor de la higuera y nos aprestamos regresar a casa. El sol se empieza a acostar por encima de los montes que superan al Fondak.
En un momento determinado le pregunto al señor del principio: "Oiga, ¿hay algún modo de bajar desde aquí hacia la carretera del Khemís?.
Se echa a reir y señala la pendiente que baja hacia el río.
Le digo, "pero, por ahí no hay carril" y él dice, riéndose "¿para qué le hace falta a usted, si ha subido por un camino hecho un auténtico desastre, ¡tire por donde quiera!¡no está peor!".
Volvimos a casa contentos de haber tenido una aventura más.

viernes, 18 de enero de 2019

Conocidos en la Medina

Y, puestos a contar también cosas agradables de mi estancia en Tetuán, -nuestra estancia familiar en Tetuán- estaba la de la sensación de ser conocidos por mucha gente. Tenía sus ventajas. Por ejemplo, salíamos de las clases alrededor de las cinco de la tarde y habíamos quedado citados con la señora que trabajaba en casa, para vernos con ella y con nuestra hija -de aproximadamente dos años- en algún lugar de la Medina. Dejábamos el coche alrededor de los pabellones de Intendencia o por ahí, echábamos a andar y entrábamos por la puerta Tharrazin que hace esquina con el consulado.
Al cabo de unos centenares de metros era normal que, algún chico, o señor mayor, se acercaba y nos decía. "Tu fatima y tu hija están en la calle Trankat (o por Souk el Foki, o por ahí)".
Íbamos a su encuentro, dábamos un paseo y volvíamos a casa.
Al revés también ocurría. Si teníamos que volvernos antes de la cita, nos acercábamos a un señor cualquiera y le preguntábamos si conocía a "nuestra fatima". Al decirnos que si, le encargábamos que le transmitiera nuestro recado de que nos volvíamos a casa y, se lo daba.
Era como estar en una especie de ciudad en la que todos nos conocíamos y, en bastante forma, nos disfrutábamos
Un detalle más. Desde el principio de la estancia en Tetuán yo acostumbraba a llevar la cartera con el "flux" en el bolsillo de atrás.
Me dijeron que yo era "el amigo de____(un amigo de la medina) que llevaba el dinero en el bolsillo de atrás".
Me encontré con una definición, con un rol que tenia un cierto riesgo, pero que, también, manifestaba una confianza. Así que seguí con mi disposición dineraria en el mismo sitio.
Nunca ocurrió nada. Bueno, una vez sí, al salir de la Guersa hacia Bab Mcbar, alguien intentó disfrutar de mi bolsillo. Me resultó curioso que, después del manotazo que le dí. El artesano que estaba al lado me dijo "ese no es de aquí". Curioso.
Para mí, todo, o casi todo -no hay nada perfecto- fue agradable.

Catetos en el sur de Marruecos

Escribo con prevención. Sugiero que, al que no le guste lo que lee, o no me lea o, si le molesta y lo considera dañino, me escriba -por privado- con las correcciones pormenorizadas que crea conveniente. Prometo atenderlo.
Pues bien, de lo que se trataba hoy era de algunas aventuras tenidas en las carreteras tetuaníes de los años en que viví allí.
Por ejemplo, alguna vez hice lo que popularmente se llama en España, "el cateto". Es decir, hacer algo que está fuera de lugar y en el momento no adecuado.
Me refiero al hecho siguiente.
Cuando pasabas la aduana del Tarajal y te dirigías a nuestra querida Tetuán, era normal que, bien en el Negrón, bien un poco más abajo, a la salida del "club Mediterranée". había una segunda aduana.
No sé el rango que tenía, pero allí paraban a la gente.
Es verdad que a nosotros, con matrícula amarilla de cooperantes, no nos hicieron parar nunca pero, por prevenir, solía bajar la marcha delante de los gendarmes y, en el caso de ir de noche, antes de llegar, encendía la luz interior.
Pues lo cogí como costumbre, me parecía correcto y adecuado a las circunstancias. Y, eso, automático.
Así, cada vez que fui hacia el sur, Casa, Marrakech, o Fez, y veía gendarmes en la carretera, disminuía la velocidad o, en su caso y en la duda, llegaba a pararme.
Hasta que, en la carretera de Mekinez hacia Rabat, un gendarme se acercó al coche, muerto de risa y me dijo.
¡Usted es del norte!¡Aquí no hay que pararse si no se lo decimos!.

problemas de sensibilidades

Cuando escribo en esta página de este grupo, así como en otros muros que tienen que ver con Tetuán, me encuentro con que tratar de no herir a nadie constituye, a veces, una tarea muy difícil. 
 

Quiero decir ante este tema que mi actitud ante palabras tales como "protectorado", "moro", "gitano" y epítetos parecidos es lo más tranquila que se pueda imaginar.
 

A mi casa, en Granada, la llaman la "casa del moro" porque llevo muy a menudo vestimentas de ese tipo, con las que me identifico y encuentro a gusto. Si eso es así, se puede uno imaginar que "estoy en mi salsa" en ese ambiente, sufro cuando los moros sufren y disfruto cuando los moros disfrutan.
 

En otros ámbitos más generales, usaré el término "protectorado" porque así se llamaba administrativamente, no porque me guste. Es más considero -según mi estimación, claro- que ese término no ennoblece la acción que hiciera España en esas tierras. Más bien, creo, fuimos una pieza de otros países más potentes que el nuestro en la conferencia de Algeciras. Pero me puedo equivocar.
 

Si uso "fatima", como se le solía llamar a las señoras de atención al servicio doméstico, no es por mi gusto porque, para mí, cada una de éstas tenía y tiene su nombre, y bajo ese nombre me dirijo a ellas.
 

Pero, también a este respecto he de decir que difícilmente tendré relaciones problemáticas con cualquier nombre al uso si llevo más de 35 años en contacto permanente con mis familias queridas de allí. Vienen a casa mis alumnos, alguna de sus familias, en el capítulo "amigos" de mis muros están más de 40 amigos y conocidos de variado origen. No he ido nunca a Marruecos "de viaje", sino "a ver a", fulano, o mengano y he ido a sus casas.
 

En suma, Marruecos o, mejor, Tetuán es "Dar diali".

Encargando maridos

Hay una historia muy curiosa entre mis recuerdos tetuaníes. Me tocó su comienzo, pero me enteré de ella en alguna de las visitas que hice inmediatamente después de mi vuelta a España.
Sucedió lo siguiente. 
No sé cuando se empezó de manera institucional o, al menos, sistemática. Al parecer, en los primeros años 80, el gobierno marroquí hizo un esfuerzo por potenciar el empleo femenino. Se ampliaron las plazas de maestras, administrativas, enfermeras o auxiliares de clínica, empleadas de oficina, y labores parecidas.
Se empezaron a realizar las tareas propias de estas actividades y, al cabo de pocos años empezaron algunos problemas insospechados.
Por ejemplo, dos compañeras, maestras o administrativas, llevarían algunos años trabajando y, un buen día, como han comprado un coche, deciden realizar un viaje de turismo interior.
Se encuentran que, al llegar a un hotel turístico... no saben "dónde" meterlas. Es decir, los empleados del establecimiento no están acostumbrados a que mujeres como las que tienen delante, manifiesten su solvencia económica y... su libertad
Cuando esa situación empezó a molestar a las trabajadoras se encontraron con que la forma de "arreglarla" era 'casarse'.
Y acudieron a las casamenteras que, tradicionalmente, cumplían ese papel pero, esta vez, se hacía al revés: Una mujer encargaba que le buscara un marido y bajo unas determinadas condiciones.
El caso es que aquello funcionaba. Conocí a un par de amigos de la medina de Tetuán que habían convenido su matrimonio de esta forma.
Tampoco estaba tan mal. Casados, con una mujer solvente y cumpliendo un papel determinado. Compañeros, padres y conductores, según el convenio que hubieran firmado con su mujer.
Así me lo contaron, y así lo cuento.