domingo, 26 de mayo de 2019

Mi amigo Abdeslam

Si digo que la experiencia más rica que se tiene al vivir en otras realidades distintas de la primaria original es el conocer a otras personas, no he inventado nada.

Todo el mundo sabe que en cualquier lugar hay personas dignas de ser tenidas en cuenta, tratadas y, sobre todo disfrutadas, cuando tienen una gran categoría.

Tales variables las encontré en mi amigo Abdeslam. Era el portero de la finca de la zona de "El control". Vivía en la parte baja del inmueble con su mujer, Fatoma y algunos de sus hijos.

Zona de "El Control", vista desde el norte.

 

En cuanto llegamos a esa casa nos tomó como protección. Le gustaba subir a casa y aprestarse a charlar, a instruirnos en costumbres y atenciones, a hacer que mantuviéramos relaciones con otros vecinos que, por estar fuera de nuestros ámbitos, no los hubiéramos conocidos si no llega a ser por él.

Fatoma, su señora, competía con Achoucha a ver quién hacia la "Harira" más rica, o más consistente, porque tal me parecía el parámetro fundamental. Aquello estaba buenísimo, pero era, casi, hormigón armado: se tenía la cuchara de pie en mitad del plato.

Día a día, ocasión a ocasión, charla a charla, me fue introduciendo en el mundo de sus recuerdos. Contaba cosas extraordinarias.

Por ejemplo, dijo que intervino en la guerra incivil del 36 al 39, siendo muy jovencito y fue llevado a pegar tiros a la Península. 

Le tocó un batallón de requetés y a él, junto con unos cuantos rifeños más, los bautizaron en medio de una ceremonia más o menos triunfal.
Me quedé sorprendido. Le pregunté ¿Y qué hiciste?. "Nada, cerré los ojos. No entendía nada".

Traté de aclararle. No te preocupes, tú no estás ni bautizado ni nada. 

Aquello fue una molestia que os infringieron, pero no tiene ningún significado, ni para tí ni para nadie. 

Me señaló el cómo apareció, en la parte de debajo de la fuente que en principio sostuvo a la Paloma, un señor que se instaló allí. Vestía una chilaba típica de saco y estaba algo mal de la cabeza. 

Me enseñó a ayudarle bajo el compromiso de que 'estaba protegido de Dios' y que había que acompañarle en sus necesidades. 

Como enfrente de casa había un bakalito, nos las arreglamos para que supiera que podía ir a recoger en él algunas cosas de primera necesidad.

Un grupo de gente pasó por eso y este hombre estuvo atendido, en lo que cabe, con dignidad y elegancia. Me enseñó a observarlo y prever sus crisis. 

Al final se lo llevaron durante una temporada al sanatorio adecuado. Volvió limpio como el jaspe hasta que un día desapareció del todo. Dijeron que se lo habían llevado a su familia.

Era magnífico tener un rato de charla con Abdeslam. Asomarnos a disfrutar del labio de agua que se formaba en el escalón de delante de la casa con la riada que bajaba por la aguada.

Muchos años después, al pasar alguna vez por Tetuán camino de algún lugar, lo he buscado, pero llegué tarde porque había pasado por Bab Mcabar en el sentido que no tiene vuelta.

Lo siento ahora en el recuerdo y lo sentí mucho en su momento.



No hay comentarios:

Publicar un comentario