Dije, creo que ayer, que iba a tocar el tema de la 'locura' en el quehacer diario de la sociedad musulmana de "mi" pueblo, Tetuán.
Y lo digo así para que, en principio, sea menos analítica porque antes que pensamientos cuento anécdotas vividas y vívidas que guardo en mi memoria profunda.
A ver, años 1984 a 1987. Vivimos en Tetuán, padres y dos hijos. La pequeña, la segunda, llegó con 9 o 10 meses y aún no andaba. Tan morena que parecía moruna y así fue asumida por nuestra colectividad.
En Tetuán se aprendía en cada uno de los minutos que vivieras, mejor en la calle y, mejor aún, en La Medina. Quizá porque las calles fueran pequeñas, los tenderetes pequeños y multitud de gentes de todo tipo y situación.
Algunos, muy señalados. En algunos casos, los más, chilaba de saco, raída, bastante más grande que la percha y su usuario no era raro que anduviera con sólo una babucha.
Estaban por muchos lugares, sentados o tumbados, a veces trataban de dirigirse a tí en dariya hosco y, poco que sabías y sonaba raro, pues nada, sin comunicación.
Uno de ellos, el más cercano "vivía" en la fuente que había en la puerta de casa. A ver, algo más grande, una rotonda de tamaño medio-grande y, en el redondel de en medio una estructura que tenía que ser una fuente. En uno de sus cuévanos, una sombra que parecía moverse hasta que se movió. Una persona, un hombre.
Pregunté al bakalito de enfrente de la puerta de casa. El que lo atendía lo explicó. Era un pobre loco o un loco pobre. Pregunté, también, qué hacer y dijo que podía entrar entre los vecinos que con una pequeña aportación daban cobertura alimenticia a ese señor. Así funcionaba y así era.
Pero pregunté más y me contaron mejor. En un principio, en la creencia y sabiduría popular se pensaba que los "locos" eran protegidos de Allah, y que había que cuidarlos. Que nadie pretendía saber por qué estaban así. Estaban. Y la obligación moral de la población era atenderlos. Funcionaba.
Mas instrucción fue el vivir el cambio de las 'colas'. Es decir, los babucheros, los que hacían bolsos, o cualquier artículo de piel habían funcionado siempre con colas artesanales. Las de siempre. Se pegaban a base de porrazos sabiamente distribuidos entre los bordes de la prenda y una especie de yunque de madera. Y....mal. Los pegamentos modernos, más eficaces, tremendamente más eficaces, se esnifaban y 'colocaban'. Algunos artesanos, más audaces, decían que destruían el cerebro.
El caso llegó a ser tremendo. Un día, en La Guersa, zoco 'grande' (era El Kebira, claro), un chico joven, de poco más de 20 años andaba por encima de todos los estantes de los expositores. Gritaba y, al parecer, como el destrozo era asumible no había las quejas que hubiera esperado. Lo recuerdo claramente porque se encaró conmigo en un par de ocasiones. Me gritaba cosas incomprensibles, pero no parecía que se fuera a liar a porrazos.
Seguí preguntando. Si los locos, protegidos de Dios y ayudados por la umah, ¿no había alguna atención más?.
Y sí, si la había. Lo vimos en nuestro loco. El de la fuente. Un día desapareció y el tendero del bakalito decía que se lo habían llevado... al sanatorio psiquiátrico -que, claro, existía. Al cabo de una semana o por ahí, apareció un señor debajo de la fuente. Bien peinado, chilaba igual de antigua, pero parecía menos vieja que la que tenía nuestro amigo. Y ¡era bien parecido!... Mirándolo, mientras él nos miraba a nosotros, descubrimos que era "el nuestro". Se lo habían llevado, atendido, lavado y, a su rutina habitual.
Así, y después de varios ejemplos más supe que los locos en esa comunidad eran atendidos por la gente. Se partía -o a sí lo entendí- que era voluntad de Dios que estuvieran así y que la atención estaba basada en su supervivencia, porque no oí hablar -en la calle, claro- de alternativas terapéuticas.
Se estaba hamka o hanmak -mal escrito, ya lo sé. y ambos términos eran existenciales. No dramáticos en general, salvo los de cerebro destruido en el que se veía una actuación de algo que ayudaba, los pegamentos modernos, con la destrucción incluida.
Hay mil y una anécdotas más. Claro.
