domingo, 28 de noviembre de 2021

Los hiladores de pasamanería

Una sorpresa puede dar lugar a evocaciones insospechadas. 

A ver, hace unos días estábamos en el Museo de la Cultura Egipcia, en El Cairo.

Vamos pasando por los distintos expositores y, claro, hay multitud de ellos dedicados a las culturas faraónicas.

Pero hay uno especial, Uno que, lo ves, curioso -te dices- y vas hacia otro hasta que, al cabo de unos momentos te cuestionas: "eso, eso, lo he visto yo" pero, ¿dónde?.

Vuelves a la vitrina y te fijas con más detalle: "¿Qué hacen esos chicos con una pierna doblada?".

Clarísimo. En aquella Medina en las que, en las primeras visitas no acababas de sorprenderte. En cada rincón había algo digno de reseñar. Daba igual que fueran babuchas, chilabas, candoras o lo que fuere. Algo había, siempre.

Y estaba claro el recuerdo, su imagen. Al desembocar de una calle a otra ves que en la que cruza hay un hilo -o algo parecido- a media altura. Y que se mueve, arriba y abajo sin demasiada cadencia.

Te asomas y miras a la izquierda. Ahí hay un chico que con algo parecido a un mango de ¿qué?, lo frota contra el muslo una y otra vez.

Sonríes, caes en qué hace, pero no para qué. Te fijas y te dirijes él. Te enseña lo que tiene en la mano. Un puño torneado que 'acaba' en tres o cuatro cáncamos de los que parte un hilo en cada uno de ellos. 

Miras al fondo del callejón y, en una reja de una ventana está el final de estos hilos. 

Se entiende. Está entrelazándolos, trenzándolos.

Al frente, en uno de los miles -perdón, exagero- decenas de cubículos un habibi con más huecos en los dientes de los que cupiera esperar te sonríe y te enseña unas trenzas de pasamería realmente bonitas.

¡Ya está!. Asimilado todo.

Pues eso es lo que hacían los egipcios, hace un buen montón de años.

Lo he visto. Está en el Museo Nacional de la Cultura Egipcia. 





 

miércoles, 27 de octubre de 2021

Romper santos...

 A ver, anécdota histórica (dejo para después ver si ya la había repetido, así que ahí va).

Estando trabajando en el "Juan de la Cierva", nos encontramos con que en uno de los sótanos de aquellos bonitos edificios había una muralla amarilla.
Bueno, en realidad no lo era, pero lo parecía. Entrabas en la habitación y, a la izquierda había, de arriba a abajo una especie de pared amarilla entera. Olía a rata.
Nos acercamos a aquello y ¡valientes!, lo tocamos.
Nos pusimos perdidos de un polvo oloroso -maloliente, claro- de libros comidos por las ratas.
Aparte de eso, objetos más o menos significativos: cosas de carpinteria, de impresión (un crisol con tipos de plomos medio fundir), y un montón de cosas más.
Decidimos mi mujer y yo ayudar a quitar aquello de en medio para aprovechar el local. Empezamos a sacar cosas e inmediatamente preguntar sobre qué era todo aquello.
Nos contaron, que un poco después de la cesión de Sidi Ifni al Estado marroquí, sería por el año 70 o por ahí, hubo que ir a por bienes muebles que estaban aún en la población. Como había en ella una "Escuela de Artes y Oficios" (porque creo que no era una Escuela de Maestría Industrial), había multitud de utensilios dedicados a esas enseñanzas).
Nos pusimos al habla con la Dirección del Centro y ésta con el Consulado y vimos cómo dar salida a todo aquel material.
Pero, entre otras cosas, había multitud de "santos". Es decir, de imágenes de advocaciones religiosas sobre María, La virgen y otras más.
En eso, nos dijeron, habría que decirle algo al Obispo de Tánger. Y así se hizo.
Recomendó revisar si había alguna escultura que tuviera valor artístico o religioso y aquello que no cumpliera ninguna razón de conservación, hiciéramos lo posible por romperlo y tirarlo de manera lo más formal posible.
Pues hete aquí que nuestras amigas, las monjas del Hospital y nosotros, rompimos un montón de santos.
Una aventura un tanto heterodoxa.




miércoles, 21 de julio de 2021

los padres pegaban a los niños...

 Granada, año 78 ó 79, o por ahí.

Aparte de la efervescencia política, a algunos nos había hecho tilín eso del psicoanálisis, las psicoterapias y demas psicos.

Habíamos montado unas "terapias de grupo" a raíz de unas experiencias educativas en übeda y nos apuntábamos a cualquier debate que tuviera que ver con el tema.

Pero la "psicología" granatensis estaba muy en mantillas. No recuerdo si había comenzado a funcionar la facultad, que creo que sí, pero en el ámbito popular, o en el mismo docente, había poco

Es más, aún hoy puedo recordar, sobrándome dedos de una mano, los psicólogos que tenían consulta, que colaboraban con el I.C.E., o bien que daban charlas al respecto.

Pero ahi estábamos, inventando o siguiendo las directrices que podíamos, cuando no inventándonoslas nosotros mismos.

Asi, en una reunión grande, aula de facultad o así, estaba de ponente un amigazo por los siglos de los siglos. Estudiante o finalista de psiquiatría, exponia algún tema al respecto.

En esto, hace una llamada a la historia de los presentes sobre "...cuando nuestros padres nos dieron algún azote...".

Y, suertes que tiene la vida, en ese momento, en el que el conferenciante hace una pausa, dos espectadores, conocidos de todos porque uno -holandés- era de los que iniciaba la experiencia de poner una consulta psicológica privada en Granada y otro, inglés, afincado en México, también conocido de todos, trataba de inculcarnos técnicas "gestálticas", digo, que en ese momento en el que el ponente ha ido al pasado para un asunto muy concreto, ha habido un silencio en el que accidentalmente, los dos foráneos han comentado entre sí algo parecido a "... estas gentes a las que sus padres les pegaban...".

Y ese silencio fortuito ha hecho que todos los presentes los oyéramos.

El ponente no movió una ceja. Siguió y, como digo, sin alterarse, incluyó la aportación extranjera a su disertación: "... y, digo, quizá por eso, aunque habría que estudiarlo, no hemos tenido en nuestros internados ni colegios, la misma cantidad de relaciones homosexuales que se tuvieron en inglaterra en esos años, ni, quizá, hayamos tenido desviaciones comportamentales tales como las que hubo en Holanda en..."....

Y, no recuerdo exactamente cómo, siguió dando caña a las nacionalidades -y culturas- de los dos "interruptores morales" de su frase sobre recuerdos infantiles.

Hasta tal punto fue la cosa que los interfectos ¡se levantaron para pedir perdón!....Es decir, interrumpieron la ponencia para proclamar su arrepentimiento por el desprecio que nos habían hecho.

Y, nada, el ponente volvió al tema que lo ocupaba. Los dos foráneos se volvieron a sentar... y no estuvieron en la cervecita con que, tradicionalmente, se suelen celebrar el final de esta clase de eventos.

martes, 22 de junio de 2021

La locura que no es divina

 En una historia sorprendente de la inabarcable Tetuán.

De las cosas más sorprendentes con que nos encontramos al empezar a vivir en "dar diali", fue el que alguien nos comentó el tratamiento que se solía dar en las culturas muslimes a los que tuvieran algún problema "mental".
No recuerdo exactamente el término, si eran 'progetidos de Dios' o inspirados por Él, o algo así pero, en cualquier caso, nos indicaban como preceptivo el que la comunidad se hacía cargo de ellos.
Un aprendizaje más y no pequeño, claro.
Nos acostumbramos a ver en la Medina, en nuestros paseos y convivencias diarias, cómo algunas personas de las que había por alli tenían esa doble acepción que indiqué más arriba.
No parecían muy cuerdos, pero la gente los trataba con deferencia. Así que, no hay más que hablar, se aprende.... y se practica.
Pero, un día, al llegar al tunelillo que había a la entrada de la Guersa, vimos una expectación un tanto tensa.
Encima de uno de los tenderetes, los que había a la derecha según digo entrabas allí, estaba un chico joven. Unos veintipocos años. Dando voces y con aspavientos forzados.
La gente lo miraba y, los de los tenderetes de al lado trataban de facilitar el que se bajara de allí con el menor destrozo posible.
Recuerdo que traté de no hacer nada, pero el joven me vio. Algo le marcó su atención y, corriendo por encima de los vaqueros, chilabas y candoras allí extendidas, llegó hasta mí. Se tiró, casi encima. Y, al evitarlo y tratar de sujetarlo caimos en un cierto enredo.
Salió corriendo por donde yo había entrado.
Y vi un espectáculo desgarrador. Todos lamentaban el suceso y el problema porque, no era una locura normal. Era "del pegamento", según me dijeron.
Esa locura, nueva, era difícil de encajar en cualquier aspecto de la cultura tradicional.
Era un pesar. Y, como tal, yo también lo sentí.

martes, 2 de febrero de 2021

La pediatra búlgara

 Otra historia, más difícil que la de la cucharilla.

Sorpresa tremenda.
Estoy en Ceuta. Había ido a asuntos del Banco, ver a gente conocida y, ya de noche, me encuentro en la frontera española a una señora, elegante, bien vestida, cincuenta tantos años y de aspecto ¿europeo?.
Se dirige a mi, que estoy con el cristal del coche bajado, pues hablo con un policía que era de mi pueblo y ella me pide, en francés, si tendré la amabilidad de llevarla a Tetuán.
Por supuesto, se sube en el asiento del copiloto y se pone encima una bolsa enorme. Trato de indicarla que la ponga en el asiento trasero -voy solo- y, muy correctamente, me dice que no hace falta.
Entramos en Tarajal, le pido el pasaporte, en donde lleva la hojita típica y, junto con el mío, lo llevo a la ventanilla.
Compruebo, con sorpresa, que es búlgara y, bueno, pues una circunstancia más.
Nos sellan y, a la salida, donde está la policia encargada de comprobar sellos y enseres nos paran.
La señora -siempre en francés correctísimo- les dice a los policías que es búlgara, que está de pediatra -o algo así- en el hospital Civil y que forma parte de la ayuda internacional.
Los policías quieren ver la bolsa que lleva encima, pero no les deja. Repite lo de su condición laboral y no hay quien la saque de ahí. ¡Ah!, además dice que no tiene nada que ver conmigo que sólo soy otro cooperante, pero que he accedido a llevarla a TEtuán.
20 minutos más de repetición de la función.
Al final, nos dicen que pasemos y, seguimos para casa.
Ya por el Negrón me dice que lleva un video en la bolsa. Que ella y su marido no salen de casa y que han decidido ir a por algo que les entretenga.
O sea, un montón de cosas sorprendentes porque, a partir de ahí, sale a colación esa ayuda de los países del Este que ni me imaginaba. Me dice cuántos son los médicos que están. Que son empleados de sus gobiernos en un plan de ayudas internacionales y....montones de cosas.
Pero, a partir de ahí, tuvimos pediatra en casa. Se encargó de cuidar a mis hijos como si fueran suyos. Venía a casa a tomar te, a charlar y a hacer amistad.
Hasta que un día, el marido me pidió que le comprara anticongelante y me extrañó.
Al día siguiente se corrió la voz por el Hospital Español -como "chisme" desde el Civil- que los extranjeros se habían ido sin decir cómo ni a dónde.
Al parecer les habían indicado que tenían que volver en pocas fechas a su tierra.
Muchos años, pero que muchos años después, en Sofia, en una de las reuniones del plan Socrates, estando en la puerta de un hospital me dieron ganas de entrar a preguntar.
Pero no sabía más que su nombre y especialidad. Nada más. Sin saber búlgaro ni leer el cirílico, me quedé enfadándome de otro de mis descuidos. Me hubiera sido especialmente agradable saludar a mi antigua amiga "tetuaní".



Una cucharilla para todo el mundo.

 Esta es una historia de un fallo estrepitoso.

Cuando llegamos a Tetuán, a nuestro "Juan de la Cierva", comprobamos con sorpresa que allí no había costumbre de tomarse un cafetito a media mañana. En el recreo.
Echamos un vistazo a la zona, bajamos hasta la aguada y miramos a izquierda y derecha. No había ninguno que estuviera a ritmo de ir andando. Es decir, había que coger el coche, subir corriendísimo hasta el Dallas o algún otro de la Plaza del Primo, tratar de aparcar -aunque fuera mal-, tomar el café y bajar a clase.
O sea, demasiado "estrés".
Pero, un día, tonto de mi, vi que justo enfrente a la puerta del hospital había un cafetín amplio y limpio.
Entré a preguntarle al encargado sobre si nos podía traer croissanes o algún tipo de pasteles. Dijo que si y convine con él ir al día siguiente a "por el café".
Empezamos a juntarnos una pandilla para hacerlo, Seis o siete profes para degustar el rato de ocio de media mañana.
Pero nos llamaba la atención el que nos ponían el café, ya azucarado -bien de "punto"- pero nunca nos pusieron ni cuchara ni ningun cubierto. Sí, servilletas, un plato con los pasteles y nada más.
Un día, uno de nosotros se acercó a pedir algo a la 'barra' del bar y comprobó que el señor del mismo, echaba azúcar a una taza con una cucharita, la limpiaba -chupándola- la volvía a meter en el azúcar, echaba en otra taza y, así, hasta acabar el conjunto de cafés.
Como es lógico me calle, -total, un día más, ¿qué importaba?- y, cuando íbamos para clase dije a los colegas que no deberíamos volver más....por cosas de higiene.
Ahí metí la pata hasta el hombro porque la solución elegante hubiera sido pasar por alguna tienda de menaje, comprar un buen montón de cucharitas y regalárselas al del bar.
Hubiéramos satisfecho las condiciones y hubiéramos seguido disfrutando de su buen café, agradable compañía y amplitud y limpieza del local.
O sea, que hasta en las mejores ocasiones, uno, se equivoca.



martes, 26 de enero de 2021

EL cambio de hora según el huso GMT

 Los que estuvimos mucho tiempo bajo el franquismo, pienso, desarrollamos una especial atención a lo que decían/no decían los periódicos. Así, cuando una noticia, aparentemente sin importancia, se repetía mucho, pensábamos que, debajo, había algo extraño. Algo que merecía la pena investigar.

Pues algo parecido me pasó en Tetuán.
Compraba, casi todos los días "Le Matin (du Sahara)", que era como venía en la cabecera del periódico y leí una noticia que, a mi parecer, no debería tener más importancia que tres columnas en portada y....poco más.

Algo así como "¡Júbilo en el país porque, por fin, Marruecos tiene la hora GMT (la del meridiano de Grenwich)". Bueno, pasé a la página siguiente y seguí leyendo noticias. Pero me extrañó que varias portadas de los periódicos del kiosko resaltaban con caracteres enormes esta noticia.

Al dia siguiente, más. En la misma línea.

Me fui al mapa y comprobé que el meridiano "0", pasa por, casi, la frontera con Argelia y, desde ahi hasta el extremo "oficial" del país, en el sur de La Güera, hay, casi un huso horario.

Es decir, que le pasaba como a España, donde el meridiano "0" pasa por Castellón y deja una muy buena parte del país al oeste del mismo.
O sea que, se puede tener la hora GMT o una hora más, sin afectar demasiado al uso del reloj y de las costumbres sociales.

Pero.... como me pasaba de joven, la importancia que se daba a la noticia me dejaba intrigado. Tanto que empecé a preguntar....

Al cabo de varios días me vino la respuesta. En una visita al Mercado Central, bueno, más bien en la esquina del Rekaina, un señor que conocía de ir a pagar los recibos a la RDE, me dijo la razón.

"Han cambiado la hora para que los colegios puedan tener tres turnos".
Me quedé confuso. No me lo podía esperar.

Y, cuando comprobé, con los colegas del país que así era, admiré la sagacidad de los dirigentes. Con ese cambio de hora podían hacer que las escuelas y colegios pudieran atender a mucha más gente.

Porque estaba claro, un país, con la tasa de natalidad que tenía -no sé si sigue teniendo- Marruecos, era muy difícil atender a las demandas de la población en el tema de escolarización.

Lo curioso, y es por eso por lo que lo cuento aquí, es el juego de propaganda utilizado para distraer del verdadero propósito del cambio de hora.

Ojo. No digo que sea verdad, pero sí digo que es verdad que me lo contaron así.
 




lunes, 25 de enero de 2021

La tortuguilla contaminada

 Otra "pequeña historia".

A poco de llegar a "Dardiali", empezamos a tener relaciones, que aún mantenemos y disfrutamos, con un montón de gente extraordinaria.

Lo eran hasta en los pequeños detalles que, lógicamente, hacían la vida agradable.

Lo que ocurre es que esos detalles pueden tener algunos inconvenientes o dar lugar a meteduras de pata.

Por ejemplo. Un día, mi hijo, entonces con 5 ó 6 años, comentó que le gustaría tener una tortuga.... y se la trajeron.

Nuestro buen amigo Nordin apareció con una tortuguilla de pocos centímetros. Preciosa.

La pusimos en un -como quiera que se llame- y allí la cuidábamos hasta que, a las pocas semanas, quizá por aquello del ecologismo, pensamos que había que devolver la tortuga a su entorno.
Mi hijo estaba de acuerdo. "Aquello" tenía que estar en su sitio.

Y bajamos hacia el río.

Al parecer no estuve atento al entorno. Busqué unos callejones y cerca de la muralla de la papelera llegamos a la orilla. Sería invierno o habría habido lluvias. El río bajaba con un caudal respetable.

De común acuerdo, mi hijo y yo, echamos la tortuguilla al agua e, inmediatamente, caímos en el error. El río estaba sucio y despedía un olor cáustico, horrible. Aquello estaba contaminado y, seguro, mucho más que el sitio donde estaba en nuestra casa.

Me encontré como un idiota, diciéndole a la tortuguita arrastrada por la corriente.

"perdona, perdona, perdona"....