Una sorpresa puede dar lugar a evocaciones insospechadas.
A ver, hace unos días estábamos en el Museo de la Cultura Egipcia, en El Cairo.
Vamos pasando por los distintos expositores y, claro, hay multitud de ellos dedicados a las culturas faraónicas.
Pero hay uno especial, Uno que, lo ves, curioso -te dices- y vas hacia otro hasta que, al cabo de unos momentos te cuestionas: "eso, eso, lo he visto yo" pero, ¿dónde?.
Vuelves a la vitrina y te fijas con más detalle: "¿Qué hacen esos chicos con una pierna doblada?".
Clarísimo. En aquella Medina en las que, en las primeras visitas no acababas de sorprenderte. En cada rincón había algo digno de reseñar. Daba igual que fueran babuchas, chilabas, candoras o lo que fuere. Algo había, siempre.
Y estaba claro el recuerdo, su imagen. Al desembocar de una calle a otra ves que en la que cruza hay un hilo -o algo parecido- a media altura. Y que se mueve, arriba y abajo sin demasiada cadencia.
Te asomas y miras a la izquierda. Ahí hay un chico que con algo parecido a un mango de ¿qué?, lo frota contra el muslo una y otra vez.
Sonríes, caes en qué hace, pero no para qué. Te fijas y te dirijes él. Te enseña lo que tiene en la mano. Un puño torneado que 'acaba' en tres o cuatro cáncamos de los que parte un hilo en cada uno de ellos.
Miras al fondo del callejón y, en una reja de una ventana está el final de estos hilos.
Se entiende. Está entrelazándolos, trenzándolos.
Al frente, en uno de los miles -perdón, exagero- decenas de cubículos un habibi con más huecos en los dientes de los que cupiera esperar te sonríe y te enseña unas trenzas de pasamería realmente bonitas.
¡Ya está!. Asimilado todo.
Pues eso es lo que hacían los egipcios, hace un buen montón de años.
Lo he visto. Está en el Museo Nacional de la Cultura Egipcia.



