En una historia sorprendente de la inabarcable Tetuán.
De las cosas más sorprendentes con que nos encontramos al empezar a vivir en "dar diali", fue el que alguien nos comentó el tratamiento que se solía dar en las culturas muslimes a los que tuvieran algún problema "mental".
No recuerdo exactamente el término, si eran 'progetidos de Dios' o inspirados por Él, o algo así pero, en cualquier caso, nos indicaban como preceptivo el que la comunidad se hacía cargo de ellos.
Un aprendizaje más y no pequeño, claro.
Nos acostumbramos a ver en la Medina, en nuestros paseos y convivencias diarias, cómo algunas personas de las que había por alli tenían esa doble acepción que indiqué más arriba.
No parecían muy cuerdos, pero la gente los trataba con deferencia. Así que, no hay más que hablar, se aprende.... y se practica.
Pero, un día, al llegar al tunelillo que había a la entrada de la Guersa, vimos una expectación un tanto tensa.
Encima de uno de los tenderetes, los que había a la derecha según digo entrabas allí, estaba un chico joven. Unos veintipocos años. Dando voces y con aspavientos forzados.
La gente lo miraba y, los de los tenderetes de al lado trataban de facilitar el que se bajara de allí con el menor destrozo posible.
Recuerdo que traté de no hacer nada, pero el joven me vio. Algo le marcó su atención y, corriendo por encima de los vaqueros, chilabas y candoras allí extendidas, llegó hasta mí. Se tiró, casi encima. Y, al evitarlo y tratar de sujetarlo caimos en un cierto enredo.
Salió corriendo por donde yo había entrado.
Y vi un espectáculo desgarrador. Todos lamentaban el suceso y el problema porque, no era una locura normal. Era "del pegamento", según me dijeron.
Esa locura, nueva, era difícil de encajar en cualquier aspecto de la cultura tradicional.
Era un pesar. Y, como tal, yo también lo sentí.
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