sábado, 26 de enero de 2019

El jalufo de la C.T.M.

Vivíamos en "el control", en un edificio que tenía a sus pies la paloma blanca que luego cambiaron a la otra rotonda.
Sexto piso y, circunstancial, pero de manera normal, sin ascensor. O sea que estábamos bastante ejercitados en eso de subir y bajar, pero no importaba, la vista era importante y tener al Dersa enfrente era un regalo.
Un día cualquiera, cerca de las doce de la noche, hora de acostarse, suena la puerta.
¡Qué extraño!¿Esperamos a alguien?. Pues no, pero no nos importó. Supusimos que serían Abdeslam o Fatoma que nos subían una olla de harira o algo parecido.
Y abro la puerta. Efectivamente tengo delante de mi a mi amigo Abdeslam, al que en otro momento le dedicaré un relato especial para él. Pero al lado, un señor extraño, bajito, con gorra y un uniforme. Vislumbro de que en algún lugar del mismo hay unas letras que me suenan "CTM". 
¿Un conductor?.
Pues eso me cuenta Abdeslam. Dice que es el que trae el autobús de línea desde Ketama y que, al pasar por Taza o por ahí, ha pillado un jalufo, lo ha matado y me lo trae por si lo quiero.
Abdeslam me mira sonriendo. Y como él me mira a mí, yo lo miro a él. Somos cómplices de algo pero no acabo de entender de qué.
Me pide que baje con ellos y que, si yo no quiero el jalufo, que haga el favor de pensar en alguien que lo pueda querer.
Miro a mi mujer y dice "Antonio". 
Entretanto, mi mujer se ha asomado al balcón y me llama desde él.
Debajo de nuestra casa, en la puerta, hay un autobús que tiene en su "baca" una especie de lona 'que se mueve'.
Me asomo y confirmo la observación pero, como hay que estar preparado para interpretar cualquier cosa, sospecho que lleva gallinas en sacos y que son estas las misteriosas causas móviles del techo.
Abajo a la derecha la rotonda donde antiguamente estuvo la paloma.
Arriba a la izquierda, el Hospital Español, donde estaba -y está- el "Juan de la Cierva".

Bajamos el conductor, Abdeslam y yo.
Efectivamente, en el "morro" del bus hay un jalufo mediano, muerto, atado de patas y colgado de los limpiaparabrisas.
Subo al bus, lleno de gente silenciosa y misteriosa.
Arrancamos hacia la estación de autobuses.
Llegamos allí -ya sería algo más de la una de la madrugada-, bajan los viajeros, otros se suben al techo, bajan los sacos de gallinas y cuando todo eso acaba, cerca de las dos, el conductor me indica que me suba a su lado y salimos por una Tetuán silenciosa a buscar al consumidor de jalufo.
Como me había dicho mi mujer, pienso en Antonio, el conserje del Instituto "Juan de la Cierva". O sea, que tiramos para el Hospital  Español. 
Llegados a su puerta, me bajo, despierto al conserje que malduerme en uno de los kioscos de la entrada y le pido que me abra.
Más o menos me reconoce. 
Entramos en el paseo central. Echo una carrera a casa de Antonio y llamo con fuerza.
Se asoma a la ventana del piso de arriba y le explico el caso. Baja medio en pijama y se interesa por el caso. Llegamos al bus, descendemos el jalufo y lo llevamos a su casa. Le ha dado un óbolo al conductor que maniobra para salir del Hospital. 
Nos despedimos y echo a andar para casa, que me pilla cerca.
Impresionante el silencio tetuaní a las tres y media de la mañana.
Llego, me acuesto y, al día siguiente, ¡a clase!.
A media mañana me encuentro con el conserje y una bolsa que, supongo, tiene que ser lo que después será.
Ese día comimos pinchitos de jalufo. Fresquísimos, de animal recién matado. Si lo sabré yo.

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