viernes, 25 de enero de 2019

Paseos por la tarde

Salíamos del Insti alrededor de las cinco de la tarde y, un buen día, se nos ocurrió una actividad nueva. 
Decidimos salir todas las tardes que fuera posible a explorar las kabilas y carriles de alrededor de la ciudad. Contábamos con que hacía buen tiempo, sería eso a partir de Marzo y salvo alguna lluvia parcial, podríamos gozar de tardes y atardeceres bonitos donde quiera que fuéramos.
Asi que, a ponerlo en marcha. Llegar a casa, teníamos a nuestros hijos recogidos del cole, (Jopinto Berlevente uno y otra de la guardería que había cerca de Pabellones), junto con alguno de los hijos de los compañeros profes que había por allí.
Pasábamos por una cafetería que había -o hay, hace tiempo que no voy por allá- en la calle Ahmed Ganmia (aunque no recuerdo que entonces se llamara así) y, en ella nos daban una caja de cartón que contenía un par de Coca Colas o Fantas grandes, un montón de vasos de papel, un paquete de servilletas y un montón de croissant o bollos similares.
Salíamos por la carretera de Tánger, por ejemplo y en un día que recuerdo especialmente, al llegar a una curva a derechas, al final de la cual se dividía la carretera hacia el Khemis y la continuación hacia Tánger, torcimos a la derecha por un carril. 
Creo que subía hacia Darcheyene o algo así.
A la izquierda, abajo, la salida del carril. La carretera que se ve hacia el norte es la de ksar Segher y, a la derecha, arriba, cerca de la mancha blanca de la cementera -que entonces no estaba-, tenía que estar la kabila a la que nos referimos.

Pasada esta aldeíta, entrábamos en una pista que si bien estaba señalada, no tenía ni una señal de paso de ruedas de coche.
Era de tierra, sin piedras pero horadada por infinitas pisadas de caballería. Un verdadero queso gruyere. Yo sabía de ese carril por un viejo mapa que me había dado un compañero del Instituto. Sabía que subía a una Kabila que había en lo alto del monte y, como aquello tenía un final, disponíamos de tiempo y ganas pues, ¡ala!, en primera y despacio. 
Un buen rato de masaje porque el coche no paraba de dar saltos en todas direcciones
A una buena altura, dominando el valle, la central térmica y, alla a lo lejos, hacia el norte, el sitio del embalse que hay al lado del Douar Zaouia, llegamos a una aglomeración de casitas, separadas entre sí y, entre ellas una gran higuera, una fuente  y un banco alargado.


Pudo ser esta Kabila

o esta. Esta está, ahora, lindando con la carretera de la nueva posición de la cementera Tetuaní.

Pero, la sorpresa es que no había nadie. Nadie, nadie.
Nos bajamos del coche y saltan al suelo los 5 ó 6 chiquillos (el mayor 8 años), empiezan a corretear y mirar hacia todos lados
Pero no aparece nadie. 
Decidimos hacer lo que en otros sitios habíamos efectuado.
Sentarlos en el banco, repartir los vasos y empezar a llenárselos de refresco. 
Cuando llegamos al último de los chiquillos que llevábamos vemos que ha aparecido un pequeño stitu y se ha sentado al lado del último. Un vaso y, antes de levantar la cabeza hay otro, y llega otro, y llega otro. 
Mi mujer entretanto ha ido cortando a mano los croissanes y da un trozo al primero, sigue, al otro, y al otro, y al otro, y al otro, y avisa. Oye, Rafa, voy a tener que hacer los trozos más pequeños porque no nos van a llegar.
Rebañamos las existencias del fondo de la caja y repartimos todo lo que podemos. 
Nos retiramos para ver el espectáculo.
De donde no había nadie han salido un montón grande de chiquillos.
Aparece detrás de nosotros un señor dignísimo, con una chilaba blanca, camisa blanca y un tarbuch por tocado.
Saluda en un español viejo. "Buenas tardes".
Pues ¿cómo no?. "Buenas tardes". 
Y comienza una charla agradable en la que nos dice que "hace 18 años que no sube un coche aquí" y, como tienen ustedes un coche que se le parece al de la policía (era verdad, mi Nissan era blanco y el de la policia, igual, pero en amarillo), la gente se ha extrañado y e ha escondido
Han empezado a salir kabileños y kabileñas de sus respectivas moradas. Juegan con los chiquillos que les enseñan su vaso de refresco y su trozo -si les queda- de bollito.
Aparece un chico joven que habla bastante español y dice estar estudiando en Tetuán. 
Hemos formado un corro la mar de curioso, las madres parlotean tratando de hacerse entender con nosotros, que hacemos lo mismo con ellas y, creo, hablamos de niños.
A medida que se va acabando la merienda se forman carreras algunos paseillos alrededor de la higuera y nos aprestamos regresar a casa. El sol se empieza a acostar por encima de los montes que superan al Fondak.
En un momento determinado le pregunto al señor del principio: "Oiga, ¿hay algún modo de bajar desde aquí hacia la carretera del Khemís?.
Se echa a reir y señala la pendiente que baja hacia el río.
Le digo, "pero, por ahí no hay carril" y él dice, riéndose "¿para qué le hace falta a usted, si ha subido por un camino hecho un auténtico desastre, ¡tire por donde quiera!¡no está peor!".
Volvimos a casa contentos de haber tenido una aventura más.

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