lunes, 4 de febrero de 2019

Cabo Negro

Visto desde la playa de Restinga, o desde la de Kabila, Cabo Negro parece una serpiente dibujada por el principito. El elefante estaría en su zona más alta, por debajo, claro y el resto del cuerpo se pierde en el M'diq. 

Por lo menos es lo que siempre me pareció y, como nos gustaba mucho, empezamos a subir por uno de los carriles por los que se accede al monte. 

Cuando salías de la zona de la vertiente norte, la que está sobre "el Rincón", se llega a un sitio extrañísimo. Unas construcciones de hormigón protegen una especie de cuevas con pasadizos oscurísimos a los que nunca nos atrevimos a entrar.
Mirando con atención se ven las plataformas circulares de las posiciones artilleras.
La de la derecha, encima de la curva, está más clara que la otra.

Uno de estos cobertizos parecía enteramente el cascarón de una tortuga, pero vacío. En otros, unas extrañas formas circulares recordaban lo que habían alojado. Un cañón de artillería de costa.
La "tortuga" está justo a la izquierda de la casa.
Preguntados los compañeros 'de siempre de allí', nos decían que era una zona extraña, que había habido cañones para proteger la costa de un eventual desembarco en la playa que nace piedras abajo y termina en Hasla. También, que Franco había engañado a Hitler y había puesto piezas de bronce en lugar de cañones modernos, en fin, toda una historia, pasada.

Pero, como tantas veces, lo mejor era el terreno humano. Fuimos un montón de veces a merendar y, en algunas ocasiones, bajábamos hasta el faro. Allí nos encontramos con una familia a su cuidado formado por una pareja con un montón de chiquillos. 
El Faro de Cabo Negro.
Hacíamos lo que he contado en otra ocasión. Se empiezan a sacar vasos para refrescos y cruasanes -o trozos, dependía del número- y formamos un barullo entre chiquillos propios y ajenos.

Lo pasábamos bien. Pero en una ocasión  tuvimos un incidente divertido. Nos despedimos de los padres y subimos al coche. Echamos a andar carril arriba, hacia las posiciones citadas en lo alto del monte y, al cabo de unos metros, al mirar por el retrovisor interior veo que detrás de mi hay caras no esperadas. Paro y miro a los asientos traseros. 

He tenido aumento de plantilla. Varios de los chiquillos del farero están sentados detrás de mí y, además, noto que falta alguien.

En mitad del carril tengo al farero, riéndose, con mi hija en brazos, tan tranquila. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario