Esto puede ser un poco raro pero es tan real como un buen montón de historias en las que tuve la suerte de participar.
A mis suegros, una vez que llegamos a Tetuán, les encantó todo lo que suponía la ciudad, los amigos, la Medina, el Barrio Málaga y cualquier sitio en el que, cada mañana, salían a pasear.
Pero mi suegro era especial. Un hombre autodidacta que estudió todo lo que se pudiera estudiar o preguntar y, así, nada más llegar, me empezó a preguntar sobre cómo -y de qué- vivía esta ciudad.
Él era "Industrial", es decir un hombre emprendedor que había patentado algunos dispositivos más que curiosos, empresario de comercio en telas y equipos de casa y, sobre todo, cantero.
Pues empezamos por ahí. Como a mi me gustaba coger el coche y había carriles en los alrededores, nos asomábamos a cualquier "roto" que hubiera en las montañas.
Por ejemplo, una de las primeras, estaba en la carretera de Xauen, aproximadamente a un kilómetro pasado el puente que está al lado de Tamuda.
Llegamos allí y entramos en el patio general de operaciones. Había un buen montón de gente dándole con unos martillos -no pequeños- de mano a las piedras. Al fondo, una pala cargadora y, detrás, más maquinaria de extracción y machaqueo de piedras.
Salió un señor mayor que, como siempre, suponíamos que hablaría español. Así era. Mi suegro se dirigió a él y le preguntó sobre el por qué estaban partiendo piedras a mano. El señor encargado casi no habló, pero señaló un montón de casitas pequeñas que había al otro lado de la carretera y dijo algo así como "dependen de esto". Nos callamos en un silencio respetuoso. Mi suegro no se atrevió a hacer las sugerencias que normalmente hacía a todo lo técnico, nos dimos un paseo. Hablamos de la fábrica de cemento y... nos fuimos a buscar otro lugar.
El segundo lugar fue en un paraje más abrupto. Estaba cerca de Torreta, conforme coges el carril, entonces medianamente asfaltado, para subir al Gorges. Por encima de las fuentes, ya separado de la población, salía un camino de tierra que, al volver a la derecha, ya en las angosturas del barranco, se accedía a otra cantera.
Nos encontramos con un señor joven, hablaba estupendamente castellano. Era conocido de vista porque tenía un coche peculiar. Un Jeep americano, negro y azul oscuro, un poco peculiar. Éste sí estaba con ganas de charlar de inversiones en su explotación y tuve que dejarles solos mientras yo me paseaba por allí. Hablaron de molinos, de "vibros" (aparatos de clasificación de material machacado) y cosas parecidas. Volvimos unas cuantas veces y dejamos una amistad que prometía seguir.
Cada vez que veníamos de Ceuta o de un paseo por el Negrón veíamos como un barco que, aún de lejos, se veía algo peculiar, hacía viajes desde el fondo del puerto del M'diq hasta esa zona. Hacia algo peculiar a unos cientos de metros de la costa, media vuelta y otra vez al puerto.
Pues eso, una tarde, el suegro y yo nos metimos hasta el fondo del puerto. A una cantera que aún sigue abierta en la montaña.
Nos encontramos con una oficina técnica, unos camiones que me eran conocidos, de fabricación de algún pais del Pacto de Varsovia y unas excavadoras en el pie de la montaña.
Nos bajamos del coche y vemos cómo se efectúan las operaciones. Las excavadoras cargan los camiones y estos salen por un camino de escollera hasta el puerto, donde en una especie de muelle hay un barco atracado.
Un señor viene a atendernos. Habla un español pausado, con mucho acento pero perfectamente entendible. A los diez minutos era como si nos hubiéramos conocido de toda la vida. Hablamos de la cantidad enorme de hierro que tenían los camiones en toda su estructura, de lo pesada y fuerte que parecía la excavadora, de qué piedras escogían y todo en un agradable entendimiento.
Nos llevó a ver el barco. Dijo "es un Bivalvo" y no lo entendimos hasta que no estuvimos cerca de él. Rarísimo. Estaba construido como si fueran dos "medios" barcos unidos por la cubierta. Dos motores situados en el exterior y encima de cada uno de los medios barcos. Sus ejes, acododados, llegaban a unas hélices que no veíamos. Encima de la cubierta unos gatos hidraúlicos situados de una forma estratégica permitían empujar unas palancas para ¡abrir el casco!. Y la caseta de control tenía una extrañísima articulación en un lado y ¡ruedas! en el otro...
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