En uno de los sótanos del Instituto Juan de la Cierva, había un montón de cosas, pero un montón de los de verdad.
Paso por alto el aspecto que aquello tenia, el polvo que cubría los objetos era amarillo, y el olor a rata, ratones y demás bichos que habitan en la oscuridad y en la historia de los bajos de las casas se adueñaba del espacio.
Pues lo vaciamos.
Mi mujer se propuso facilitar la ampliación del centro y aquellas estancias eran usables. No estaban muy por encima del suelo pero, para ampliar un taller eran más que aceptables.
Empezamos a sacar cosas y a indagar desde dónde habían venido.
Desde Sidi Ifni, de las antiguas Escuelas de Artes Aplicadas y Oficios artísticos, en un camión que hizo el viaje en plan expedición al profundo sur y en el que el conductor aprovechaba que los bordes de la carretera estaban descarnados. Cuando, dormido, se salía del asfalto principal era despertado por las vibraciones y el ruido de las ruedas sobre las piedras.
Se hizo un inventario, se consultó al consulado y, también y cómo no, al Ministerio. Dieron permiso para canalizar todos aquellos bienes y el más importante para esta historia consistía en los equipos de una imprenta: cajas enteras de tipos, un crisol con plomo fundido en su interior, las clasificdoras, etc. etc.
Se ofreció tal material a una imprenta que había en la Avenida de Yacoub Al Mansour, casi llegando a la Avda al Ourouba. Pagó lo convenido y se le llevó su material.
Los conocíamos porque, desde antiguo, llevé montones de revistas de coches y decoración a encuadernar allí.
Habíamos hecho amistad con alguno de los operarios y me entusiasmaba la Linotipia que tenían casi en el escaparate.
En cuanto llegaba y estaba el amigo -que lamento no recordar su nombre- al teclado, pegaba hebra con él. Yo me ponía detrás de la máquina y él, tecleando, hablaba conmigo por encima de las ruedas, las levas que levantaban los tipos, la guía que los llevaba para formar la galerada y, más que entretenido y admirado por esa máquina me pasaba ratos enteros.
Lo más gracioso es que el linotipista trabajaba por igual con tipos para caracteres latinos que árabes.
Un día estaba cambiando las cajas de tipos. Esperé que acabara y, claro, yo esperaba que, también cambiara el teclado.
Nada de nada. Acabó el cambio y se puso a copiar de un papel que le sujetaba una pinza delante de los ojos.
Le miraba hacer cómo tecleaba con la mano derecha sobre un teclado con letras latinas y, al final, aquello acaba en una galerada,formada al revés, de derecha a izquierda, se fundía y, nada, seguía y seguía.
Me invitó más de una vez a que me sentara a ensayar a "componer". No me atreví, pero me queda recuerdo magnífico de ver a un profesional trabajando y la vergüenza de no haberme atrevido a "componer" algo.
¡A saber qué hubiera salido de aquel potaje!
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