miércoles, 29 de mayo de 2024

Paraíso de paz y lágrimas

 Llevábamos ya varios años en Granada vueltos de nuestra vida tetuaní. 

Creo que del orden de 10 o por ahí y, por indicaciones de amigos, necesidades de recuerdos y mantener el tipo alto, convinimos formar un grupo de amigos para pasar quince días en un apartamento de Malalien.

Nos ayudaron a buscar el sitio, organizamos el viaje y, ¡ale!, a dar diali.

Estupendo, dos o tres apartamentos, creo que fuimos tres parejas con nuestros respectivos hijos y dos o tres coches. 

Estábamos cerca de Prado Negro, con lo que el baño estaba asegurado y las brochetas de Mero du Petit Merou, aussi. Desde allí, subida al faro del cabo, paseo por el Rincón o comidas en Kabila, tanto daba.

 

Por ahí estaba el apartamento, al sur de La Ferma o cerca

 Cómo no, idas a Tetuán, al zoco, a ver amigos y a presentarles a nuestros novatos viajeros a marruecos todo cuanto sabíamos de aquellas zonas. Xauen incluido, ¡faltaría más!.

 

 Pero había un punto sensible. Temíamos -por sensibilidad afectiva- encontrarnos con la gente más querida de las que habíamos dejado allí. Era como avivar daños que creíamos innecesarios

Les llevábamos regalos, claro, y había que entregárselos de la forma más plácida posible.

En principio, sin problema, toda la panda en La Medina, a la compra por los puestos de alrededor de La Guersa, como era natural entonces, candoras, collares, abalorios, etc. y yo, a la casa de la familia continuamente querida.

Sabíamos que habían tenido una chiquilla, de unos seis meses más o menos y, había que verla, pero verla bien. Total, un pequeño lío de delicadezas sin saber cómo solucionarlas.

Tiro hacia el barrio que hay cerca del cementerio cercano al mercado de las verduras.


 Entro en la Avenida Al Hayani y, a medio camino oí una voz estentórea, por encima de ruidos de cualquier otro tipo: "Rafaaaaaaa!".

Esa voz me para, evidentemente, y me vuelto a mirar por todos lados.

Nuestra amiguísima, la segunda madre de mis hijos está chillando y moviéndose para hacerse ver. El abrazo consiguiente y noticias mutuas a toda velocidad. 

Vamos a su casa, dejamos regalos y la chiquilla me echa los brazos. Otra hermanilla más para mis hijos. 

Corriendo, al coche y, por la razón que sea, decidimos aparcar en Bab Mcabar. Maderas abajo, atravesamos la Guersa y, no recuerdo cómo, me dicen que la familia está comprando candoras.


 Sé dónde está la tienda y vamos hacia allá. Yo, con la chiquilla en brazos, haciéndonos carantoñas. Pasamos por bajo del arquito de la entrada sur a La Guersa y, nada, a 15 metros empiezo a ver gente de la pandilla.

Cuando nos vemos los componentes tetuaníes se produce una especie de cielo de cariño. Todos lloramos, abrazos largos, larguísimos mojados en lágrimas. 

Y, ahí hubo algo mágico. Se hizo un silencio que acalló todos los casettes que hubiera sonando. Sólo se oía el ruido de respiraciones de nosotros.

Pasó un señor mayor, con chilaba antigua, turbante blanco más o menos bien puesto, y mirándome, me dice en correcto castellano. "Aquí pasa algo grande".


No hay comentarios:

Publicar un comentario