domingo, 2 de julio de 2023

El viaje de los colegas a Tetuán.

 

He aquí otra anécdota de nuestra querida Titauen o, bueno, de algo que tenía que ver con ella, pero que no fue manifiesto en principio.
Un par de años después de mi vuelta de aquellos lares se me ocurrió promover un viaje raudo y veloz con algunos compañeros. Concretamente a tres de ellos. Llevábamos muchos años juntos y nos unía una amistad más que agradable.
Les hice sacar el pasaporte y, en cuanto lo tuvieron les anuncié que el sábado siguiente los recogería de sus casas a eso de las cuatro de la mañana. En Granada.
Llegamos a Algeciras. Barco, Alquilar un coche en Ceuta y a Tarajal.
Ya desde ahí les quise ir introduciendo en otro mundo. El tiempo y el espacio transcurrían de distinta forma.
Como era sábado los llevé, desde la frontera a Oued Laou. Íbamos, como es natural, charlando y comentando lo que veíamos alrededor. En un momento determinado me sugirieron que parara en un "área de servicio" para tomar un café.
Les paré al lado de una chumbera. Les dije, aquí hay un autoservicio, coged. Se echaron a reir y, creo, empezaron a ver las cosas de otra forma.
En el cafetín de al lado del zoco, por fin, un café y, al entrar en él, rodeados de rifeños y rifeñas con sus toallas, sombreros y demás, pasamos por un puesto de dulces y compré un paquetón de chuparquía. Comimos, claro está, pero sobraba un montón.
Me acerqué a un stitu que había por allí y le regalé, creí regalarle, el trozo significativo del dulce.
Seguimos paseando y, al cabo de un momento, me tiran del chaquetón. Es el pequeñajo de la chuparquía que insiste en pagarme. Me da u na moneda y, claro, tengo que aceptársela porque, digno, vaya que sí estaba.
Ahí, mis compañeros ampliaron su mirada. Me decían: "Esto es distinto", cosa que era obvia.
Después a Xauen, paseo rápido porque queríamos comer en Tetuán. Como cosa curiosa diré que me empezó a llamar la atención que, cada vez, hablaban menos.
Pensé en llevarlos al restaurante que había en el patio de "Galerías", pero al repensarlo opté por llevarlos a la Casa de España para tomar un Mero a la Rigamonte al que siempre le tenía apego.
Después, paseo por la Medina, presentación de mis amiguísimos artesanos, y.... ya, corriendo, vuelta para Ceuta, hay que coger el Barco de vuelta a casa.
Dejo pendiente un par de anécdotas de esa tarde, porque son para tratarlas aparte.
Pero, viaje a Ceuta, cruce del Estrecho y vuelta a casa, se convierten en extraños. Los colegas están callados.
Total, a las cuatro de la mañana -dejados en sus respectivas casas- vuelvo a casa. Me pregunta mi mujer sobre cómo me ha ido y le digo lo que más me ha impresionado: El silencio de tres colegas normalmente charlatanes.
Domingo normal, descansando del ajetreo y, el lunes, al llegar al instituto, recuerdo perfectamente que era a segunda hora me encuentro con una sorpresa increíble.
Mi Instituto tenía -tiene, pero ya no es "mío"- un hall de tres alturas con escaleras adecuadas a un centro mediano. Estan en un intervalo de clase y me encuentro aquello anormalmente lleno.
Al entrar por la puerta me asaltan multitud de voces:
¡Rafa!...¡Llevános a Marruecos!.
Colegí que mis colegas habían madurado, digerido y asumido el día de maratón del sábado y, en cuanto llegaron a clase, soltaron su experiencia.
Magnífico, aún hoy me emociona.
 
 
 

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