Esta historia pretende ser tierna.
Resulta que recién recién llegado a Tetuán como destino, arribamos al puerto de Ceuta y teníamos planteado alquilar un coche sin conductor. Así lo hicimos, un Ford Fiesta blanco que tenía más de viejo que de coche, pero andaba.
Y, curioso, en la primera charla respecto a dónde íbamos, uno de los administrativos de la agencia de coches nos dijo la primera receta.
"Miren, busquen, en cuanto lleguen a la frontera a alguno de los que se les van a acercar con un puñado de papelitos blancos. Traten de establecer relación con él y les ayudará, por un poco de dinero, a pasar los pasaportes y demás trámites.
Pues así lo hicimos. Llegamos, se acercó un señor que hablaba bien español y le encargamos nuestros trámites.
Nunca conté con que nos caímos tan bien que a la vez siguiente, el mismo, a la vez siguiente, otra vez y así, así, nos fuimos haciendo amigos.
Era verdad que a la enésima vez de hacer esto no era necesario. Ya sabíamos qué ventanilla -según quién estuviera- iba a ser más rápido o más lento -lo cual tampoco era cierto porque después venían las manías- pero, por aquello de la empatía, seguíamos acudiendo a M'barek, como creo que se llamaba.
Tan normal era nuestro trato que un día, a la mil y una vez, me dice, "Bueno, Rafa, yo te hago estos papeles con gusto, pero el hecho de que seamos amigos no quiere decir que, en algún momento, no me des algo de dinero".
Con eso de la amistad y simpatía, había dejado de darle su estipendio.
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